¡Bienvenidos a la Mazmorra! Rika al habla~. Cisnes salvajes ha sido mi lectura favorita de octubre. Se trata de la biografía de tres mujeres a lo largo del siglo XX en China,
donde Jung Chang narra con exquisito detalle las vidas de su abuela y
su madre a partir de grabaciones y conversaciones que sostuvo con la
última. El libro comienza con el nacimiento de su abuela, y una
explícita escena de cómo le destrozaron los pies a los dos años [R: y yo que hasta entonces creía que se solía hacer sobre los cuatro o los cinco, ay]
para deformárselos y volverlos atractivos a los ojos de los hombres de
la época. Es un inicio devastador, pero básico para el mensaje que doña
Chang quiere dar acerca de su vida y la de sus seres queridos. Sirve
para ver la vida de esa mitad de la población generalmente borrada de la
Historia, y demostrar que, a lo largo de un siglo, los cambios fueron importantes, pero no suficientes.
Título: Cisnes salvajes
Autor: Jung Chang.
Sinopsis: Una abuela, una madre, una hija. A lo largo de esta saga, tan verídica como espeluznante, tres mujeres luchan por sobrevivir en una China sometida a guerras, invasiones y revoluciones. La abuela de la autora nació en 1909, época en la que China era aún una sociedad feudal. Sus pies permanecieron vendados desde niña, y a los quince años de edad se convirtió en concubina de uno de los numerosos señores de la guerra.
Autor: Jung Chang.
Sinopsis: Una abuela, una madre, una hija. A lo largo de esta saga, tan verídica como espeluznante, tres mujeres luchan por sobrevivir en una China sometida a guerras, invasiones y revoluciones. La abuela de la autora nació en 1909, época en la que China era aún una sociedad feudal. Sus pies permanecieron vendados desde niña, y a los quince años de edad se convirtió en concubina de uno de los numerosos señores de la guerra.
Editorial: Circe.
Número de Páginas: 554.
La abuela de Jung Chang fue forzada a casarse con un señor de la guerra, si bien terminó por huir de los familiares de su marido con su hija en brazos, porque querían arrebatársela, y, cuando su primer marido falleció, contrajo un nuevo matrimonio con un anciano médico. Fueron más o menos felices hasta que la guerra estalló una vez más en China y llegaron los japoneses. Su hija, la madre de la autora, se unió desde joven a los comunistas, creyendo vehementemente en la causa, y se casó con otro sincero militante. Este la maltrató y dejó al borde de la muerte en varias ocasiones por su insistencia, rayana la obsesión, de renunciar a cualquier «comodidad burguesa» (también conocida como asistencia mínima básica) y exigir de su esposa que «soportara las cosas como una campesina». Porque, se ve, al final la idea resentida del comunismo que se estableció durante tantos años en China no era mejorar las condiciones de vida de la mayor parte de la población china, sino mantenerlas similares y castigar a algunos que estuvieran por encima. Y resalto algunos, porque el padre de Jung Chang, y más tarde su esposa, gozaron durante mucho tiempo de los privilegios casi nobiliarios de los funcionarios que trabajaban para el Partido Comunista. La propia Jung Chang creció entre flores, aislada del resto de China, hasta que llegó la Revolución Cultural y los funcionarios sufrieron una virulenta persecución.

