Recordatorio

No somos profesionales, simplemente nos gusta leer y tenemos tiempo libre, así que a veces cometemos errores.

martes, 28 de febrero de 2017

El telón de fondo: reflexiones sobre la lectura, el mensaje y la narración

Lyra, al contrario que una parte de la ciencia ficción pesimista, tiene fe en la humanidad. Puede que ahora esté cansada de hijastros caprichosos que me andan buscando para que desempeñe mi trabajo de hada madrina, pero la mayor parte de mi vida se ha dedicado (y se dedicará) a creer en los individuos.


Quizá por eso he sido yo, entre una dragona glotona y una bruja indocumentada, quien ideara esta entrada sobre la capacidad de la literatura para mostrar lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Hoy os quiero hablar un poco de todo, sobre lo que leemos, lo que escribimos y cómo lo hacemos.

Tendréis que ser pacientes porque no es fácil hilar todos estos temas y espero que se me entienda.


La práctica hace al maestro

La lectura es una afición de gran prestigio. Diría que siempre lo ha sido ya solo por la necesidad de una alfabetización que históricamente no estaba al alcance de todos. Hoy todo el mundo lee (desde el papel hasta el móvil) ya que es un medio esencial de comunicación. El crédito ahora radica en quienes leen frecuentemente y tienen una larga trayectoria como lectores, que no son pocos. Contrario a lo que hayas escuchado decir o escribir a alguien, en España se lee bastante más de lo que reflejan las estadísticas, aunque ese sería ya otro tema a tratar (porque si me empiezo a meter con las encuestas y la pésima interpretación de las cifras no acabamos nunca).

En cualquier caso, si estás aquí es altamente probable (quién necesita del CIS) que seas un/a ávido/a lector/a lo suficiente interesado/a en la lectura como para informarte sobre ella. Ya sea mediante los artículos feministas de Rika, los ensayos sobre tropos y reflexiones de Green o mis reseñas.

Entonces se te podría preguntar, ¿por qué lees? Seguramente existen múltiples respuestas para esta pregunta (que esas encuestas no reflejarían, ejem), pero sería de esperar que la mayoría estén relacionadas con el atractivo de la ficción y el entretenimiento como principal motivación para la lectura. Y no me malinterpretéis, me parecen razones muy buenas.

Pero ¿eso es todo?

Las historias ficticias elaboran mediante la creatividad unos hechos o acontecimientos que no se han dado en la realidad. Hasta ahí todo bien. Aparte de leer mucho, el mayor reconocimiento que puedes ganar en una cena familiar es demostrar que lees bien. Y con esto me refiero obviamente a fardar de una lista de libros de incuestionable calidad, porque son clásicos o pertenecen a un autor de renombre (si es ficción histórica, mejor que fantasía).

Así que en eso consiste la buena lectura: cantidad y calidad. Podríamos hacer una distinción entre aquellos libros que aportan solo entretenimiento (historia simple y amena) o que encierran un mensaje o una moraleja que busca transmitírsele al lector (historia compleja e introspectiva). Digo «podríamos» porque no pienso así. Sería remitirme a todas las pamplinas que os he descrito sobre la necesidad de famita con algo tan banal como leer.

¿Lees? Bien. ¿Lees bien? Me da igual. Lees y punto. Tu libro o género predilecto no me importa y no tendría que significar nada para nadie.

¿Tengo que respetar también todos esos libros machistas de Mary Sues que encuentran a su Gary Stu? Entremos a materia.


Todo tiene una ideología

Detrás de cada libro existe un/a autor/a que ha dado forma a todo lo que devores de esa historia. Ha tenido un proceso de meditación, de escritura, de corrección y de valoración que han dado lugar al tomo que llega a las librerías. A veces olvidamos que cada palabra, cada frase y cada párrafo han sido redactados por un/a autor/a que tenía una intencionalidad detrás de ellas. Un propósito que puede ser consciente e inconsciente, pero que está ahí.

Y por eso aborrezco las historias en cuya base transmiten valores machistas, racistas, xenófobos, sexistas, homófobos, antireligiosas y una larga lista interminable de discriminaciones. Odio esos libros y me pregunto siempre si era intención del autor/a propagarlos, si ahí estaba una mano consciente cuyo objetivo era denigrar al ser humano. Porque mi odio no nace de que sea mujer y me moleste que me juzguen por mi género; ni porque empatice con personas de otras etnias, países, orientación sexual, religión, etc. Detesto estos mensajes porque no les tienen ningún respeto a las personas. Creo que es fácil entenderlo si sustituyo todas esas corrientes por «valores nazis». Entonces todo el mundo se pone de acuerdo en que es aborrecible y merece erradicarse.

Estupidez

Hay cosas que no se pueden perdonar. La ignorancia tiene solución; y todos lo somos en alguna medida, así que nunca cargaré contra un autor/a que cometa estos errores por algo tan simple como la presunción de inocencia. En cambio, aquel o aquella con pleno entendimiento que escriba estas barbaridades no merecerá nunca mi atención. Para mí no son más que mensajes necios y no reflexionados, que orgullosamente se revisten de una moralidad con la que se justifica la agresión a otros. Simplemente, no. Tu ataque a otro ser humano me repugna y lo quiero fuera de mi vista (y a ti y a tu libro).

Puedes opinar que la relación legalizada de personas homosexuales no se llame «matrimonio». No estoy de acuerdo, pero abrimos el debate. Pero que dos personas no puedan estar juntas por pertenecer a razas distintas o que relegues a tus mujeres a un plano secundario por carecer de importancia como personajes no tiene discusión posible. Tu ideología te ha hecho perder la cordura, y punto pelota. Nada de lo que me puedas decir va a justificar tu desprecio a otro ser humano.

Te pillé
Algunos tendréis otros límites. Muchas cosas de las que leemos (no hay que irse muy lejos, coged cualquier periódico y mirad los titulares) están impregnadas de esta ideología hegemónica, así que el nivel de tolerancia dependerá de cada uno y hasta cierto punto no nos libramos de ella por mucho que volemos. Mi límite es básico, pero lo vuelvo a repetir: basta con que respete a los seres humanos. En ciertas ocasiones me encuentro con opiniones que son contrarias a la mía, pero no por ello tienen que ser nocivas o perjudiciales. Puedo reflexionarlas y llegar a una conclusión sobre el tema. Me ayudan a crecer, no a encasillarme en el cuñadismo.

Por supuesto, eso no quiere decir que nunca haya consumido o  consuma productos que tengan en alguna medida estas características, porque como he dicho, es difícil alejarse de muchos de los prejuicios sociales. Tengo los mayores problemas con aquellos en los que basan su tema o mensaje en estas mismas cuestiones. Darse cuenta es necesario. Y en la medida de lo posible, no apoyarlo también lo es. Lo dicho, el límite lo fija cada uno/a.

Seguro que en los comentarios saldrá alguien gritando «¡Por tu culpa existe la censura!». Por culpa de estas corrientes a las que les importa una mierda el resto de vidas todos estos «colectivos» no reconocidos por la sociedad son asesinados dentro de nuestras propias fronteras por quienes sí están normalizados. Si respetar a otro ser humano te es tan complicado, estás loco/a.

Así que, no, no quiero leer tu mierda de propaganda ignorante.

A estas alturas os estaréis preguntando por qué estoy contando toda esta sarta de bobadas. Al fin y al cabo, este es una mazmorra sobre literatura (… más o menos). ¿Y acaso el arte no es la mejor expresión del ser humano para mostrar sus inquietudes y enigmas?


¿Por qué me lo cuentas?

Desde hace tiempo para mí se ha convertido en un juego pillar a un autor/a. Hay un lema de este mundillo que dice que «escribir es desnudar el alma ante los demás» (y perdonad si no pongo referencia, porque no sé quién fue el primero que lo dijo; un escritor que murió de hambre, seguramente). Y me parece una frase muy acertada. Cada palabra, cada línea y cada párrafo está impregnado del pensamiento del autor/a. En la introducción anterior ya os he contado muchas cosas sobre ideología y valores, así que vayamos un poco más al grano.

Olvidaos de las leyendas sobre autores cuyas musas les iluminan con épicas que han de ser transmitidas a otros. Basta de ñoñerías. Las historias las cuentan personas para otras personas. Hasta que la NASA diga lo contrario, somos los únicos seres pensantes de este universo (incluimos en esta clasificación a dragones y hadas, con vuestro permiso). En los cuentos no aparecen lobos que asalten a caperucitas porque era el destino que así ocurriera. Hace mucho tiempo, unos preocupados padres decidieron inventarse esta pantomima para transmitírsela a sus hijos. Ni destino ni amapolas: invención.

Empecemos con mi ejemplo favorito, que he sustraído de mi reseña de Los Ojos del Cuervo:

«Tras él, dos jóvenes parloteaban sobre sus escasas experiencias sexuales. Al parecer, ambas esperaban ansiosas el momento de que un príncipe azul ―con más dinero que sus respectivas familias― llegase a desflorarlas de igual manera que en alguna de las novelas de Erika Leonhard. Aldreth no pudo evitar sonreír con sarcasmo.

“Posiblemente acabéis mal folladas en algún rincón de vuestra mansión ―pensó―, y después lloraréis cuando vuestro príncipe os abofetee salvajemente porque no es lo suficientemente hombre como para asumir su propia frustración.”

El muchacho no se sorprendió al ver que toda la oscuridad que tenía dentro de sí mismo afloraba vertiginosamente. Había llegado la hora del fin, y lo único que le consumía era el odio.

A lo lejos escuchó a una vieja hablando sobre lo frescas que eran las niñas de hoy en día, y no se sorprendió al escuchar un coro de risotadas premiando tan ingenioso comentario. Al parecer, las chiquillas a sus espaldas lo escucharon también, pues se callaron al instante».

Esta es una maravillosa demostración de cómo el señor Tejerina nos ilustra con su propia opinión. En esta escena, el protagonista, Aldreth, se dirige a vengarse de un cliente que se la ha jugado y escucha esta conversación de camino. Y yo pregunto ¿hacía falta? No, no hacía falta. Ni siquiera lo catalogaría como parte del worldbuilding, porque no trasciende en la historia. Las jóvenes no parloteaban antes de que Aldreth llegara, sino que lo hicieron en cuanto estuvo presente para escucharlo. Tejerina quería enseñarnos algo y se salió con la suya.

Nos enseña que estas mujeres están ensimismadas en sueños imposibles, de los que hay que burlarse en vez de tenerles lástima por el probable destino. Sería un caso perdonable si este pensamiento malicioso de Aldreth fuera solo fruto de su amargura, del odio como se nos dice. Pero para eso el autor crea a una sabia anciana con la que aclarar que el chico en realidad no está equivocado. Le da la razón.

En el caso de que la anciana se hubiese mostrado preocupada por la inocencia de las chicas, otro gallo habría cantado. Apreciaríamos una contradicción: la realidad del mundo y la realidad de Aldreth. Habría tenido sentido que, consumido por el odio como dice, solo le deseara el mal a todos por igual. Sería una construcción de personaje muy buena. Por el contrario, narrador y personaje piensan lo mismo: son unas fulanas que se merecen lo peor y que acabarán obteniendo su merecido. El autor logra hacernos llegar sus propios pensamientos.

Este es el verdadero tema de este artículo: la diferencia entre la narración (lo que dice la voz del texto) y la historia (lo que se está contando).

Como he dicho antes, para mí ha pasado a ser un juego descubrir al autor/a detrás de cada libro. Por cierto, os recomiendo probarlo, porque te ayuda a diferenciar muy bien las historias con un mensaje fundamentado de las que no. Cada autor/a tiene una forma distinta de entreverse en el texto, aunque de eso os hablaré más adelante.

Ahora, lo que quisiera es ilustraros con más ejemplos sobre la importancia de un autor/a en su historia. Sí, habéis leído bien. Que las ideas de esta persona que escribe queden reflejadas en el texto no me parece en absoluto negativo. Salgan por la puerta todos aquellos que piensen que se puede escribir con objetividad absoluta y cierren al salir. Así que es esencial estudiar y repasar las historias que leemos para entender cómo se manifiestan estas expresiones.

En Laberinto, ocurre esto:

«―No te he engañado. Tal vez no sea un gran plan, pero es mejor que el tuyo. Además, mi padre no dedicó mucho tiempo a intentar descifrar el contenido de esas claves y no contaba con un factor que juega a nuestro favor.

―¿Cuál es?

―Somos mujeres…

Lea esperó a que continuara, pero como no parecía tener intención de hacerlo, volvió a intervenir.

―¿Y…?

―Mi padre es un gran cazador, pero yo soy más lista que él.

―¡Ja, ja, ja!»

Las mujeres, más inteligentes que los hombres. Hada mía y de mi corazón. ¿Se supone que me tengo que sentir agradecida? Es una construcción de género de nuestra sociedad (que, por cierto, inferioriza a los hombres y no sé cómo podría eso gustarme), que no tiene nada que ver con una de cazadores-recolectores. El precio de querer ser progresista sin reflexión previa.


La narrativa de ciertos juegos le da una buena patada a algunos libros que he reseñado: Recordad: el prestigio se gana con cantidad y calidad
En Neimhaim, que no tenemos reseñado y que dudo que algún día eso ocurra, he llegado a leer hasta tres rescates por parte del protagonista masculino a la protagonista femenina. El supuesto sacerdote le salva la vida en estas tres ocasiones a la temeraria guerrera; ella, en cambio, ninguna a él. No quiero destriparlo para que nadie me acuse de spoilers, pero como ya os he razonado, todo está revestido de un significado. Existe en la historia una clara preferencia de la autora hacia la cultura mágica por encima de la bárbara, donde la primera todo lo hace bien mientras la segunda tiene costumbres con las que el lector no puede sentirse identificado. Esto, además de no ser un buen worldbuilding, es otro buen ejemplo de la distinción entre narrativa e historia. La narración te dirá una y otra vez que ambos pueblos son iguales; la historia te lo desmiente, pues ninguno de los rescates de Saghan a Ailsa sucede por azar del destino. La autora puso ahí unas circunstancias que sólo podían superarse con el poder de Saghan y demostró la superioridad del primero sobre la segunda.

Una historia puede desarrollarse en un mundo machista y no ser machista. Que haya roles de género que determinen la posición social de cada individuo no significa que estos no tengan voluntad y rango de actuación. Una historia puede desarrollarse en un mundo homogéneo y no ser racista, xenófobo u homofóbico. La homogeneidad es otro cuento más que alguien te dijo y te creíste: las migraciones existen desde hace siglos y crean poblaciones diversas. Siempre hay individuos en la marginalidad, por lo que mostrar qué posición ostentan es fundamental.

Pero, ¿cómo se representa todo esto? ¿Cómo recrear fantasía medieval sin ser machista? ¿Cómo exponer la hegemonía sin ignorar a la minoría? Ese es el verdadero desafío y la demostración de una  maestría de todo buen escritor/a. Como he dicho, cada autor tiene sus trucos y su forma de dejarse ver; o por el contrario, de ocultarse entre la narración. Escribir sin pensar es fácil. Escribe sin más y te pillaré, pues te desnudas ante mí con tu historia y puedo ver cada decisión que has tomado, cada personaje que has creado y cada escena que has decidido mostrarme. Te gano el juego.

En la reseña de Vida y Muerte: Crepúsculo reimaginado que hizo Green, un anónimo nos hizo saber en los comentarios que Meyer se basó en su fe mormona para describir la transición de Beau (Bella) de humano a vampiro como si abandonara sus creencias para convertirse en alguien mejor (una mormona). ¿Será así? No lo sé porque no he hecho mis propias comparaciones. La alegoría me parece interesante, aunque el mensaje es aborrecible. Meyer estaría transmitiendo la superioridad religiosa y la necesidad del abandono para progresar. Y qué queréis que os diga, además de no estar de acuerdo con que la iluminación se alcanza a través del sufrimiento, me parece un adoctrinamiento barato.

Yo sé que muchos de los que nos leéis en este blog sois escritores/as que están perfeccionando variadas y diversas historias, de todo tipo y género. Que me caiga un rayo ahora mismo si alguna vez no os habéis preguntado si merecía la pena lo que escribíais, si habría personas a las que le interesase leerlo (os voy a desmontar también el mito de que escribís para vosotros/as mismos: mentira, para eso existe la imaginación, pero no importa, yo misma os estoy haciendo un alarde de mi ego en este artículo. Seamos todos iguales como humildes culpables). La soberbia en su justa medida no es mala. Así que vuestra respuesta ha de ser siempre un escueto «sí». Quizá sea luego aburrida, carente de acción o cliché. Da igual. Lo importante es reflexionar.

La reflexión y la conciencia es lo único que nos ayuda a aprender, mucho más que el escribir por escribir. ¿Por qué lo cuento?, es una pregunta imprescindible para cualquier escritor/a. No necesita de grandes respuestas como «el mundo lo necesita» o «será una obra que trascenderá el tiempo», ni la cursilería que se os ocurra. Lo quieres hacer y ya está. Ve un paso más allá y pregúntate si el otro quiere escucharlo. Si contiene el mínimo respeto por la humanidad que se le debería exigir.

Las mejores historias, a mí parecer, no desarrollan respuestas, sino que plantean preguntas. Nada me satisface más en un libro que sentirme apreciada por el autor/a. Y esto se logra considerando al lector como un ser inteligente, cosa que creo que ya he dicho muchas veces. Y lo que es más importante: considerar la posibilidad de que el lector pueda no estar de acuerdo. Considerarle, pues, no como alguien a quien haya que adoctrinar. La clave es suscitarle dudas y cuestiones. Que piense, que piense, como tarea para sí mismo/a.

Lee lo que te apetezca. Lee, porque de todo aprenderás. Desde las historias simples a las complejas, desde las que solo quieren entretenerte a las que ocultan algo que quieren mostrarte. Nada carece de la subjetividad del autor/a. Incluso los libros sexistas sobre falso romanticismo entre adolescentes de la literatura juvenil de ahora te pueden servir como guía sobre qué no escribir. Yo no te voy a juzgar. Y nadie debería hacerlo.

Pretendo que este artículo no se quede aquí varado. Mi intención es escribir una segunda parte para analizar en más profundidad las estrategias de algunos/as autores/as que llevan a cabo y que crean esta dicotomía entre narración e historia.

Y por favor, esta vez nada de puntos suspensivos con los que intentar persuadirme para retomar Neimhaim.



(Todas las imágenes empleadas pertenecen a sus respectivos dueños)
Y porque me apetece, os comparto este vídeo sobre ideología y videojuegos: https://www.youtube.com/watch?v=9ErZuneFg5Q

5 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho la entrada.

    Hace un tiempo leí una novela negra donde la protagonista quería ser madre y soltaba cosas como "Una mujer no está completa hasta que es madre" o "Lo más bello para una mujer es la maternidad" y me chocó bastante porque no sabría distinguir si esas frases vienen de la opinión de la autora o de la personalidad de la protagonista. En la historia no hay nadie que abra debate con una opinión contraria.

    Un saludo y con ganas de leer la segunda parte!

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    1. ¡Bienvenida a la mazmorra! Por lo que dices, parece más algo transmitido por la autora que por su protagonista. Yo no digo que un personaje no pueda tener ese tipo de ideas que se vayan desarrollando, sino que cualquiera que las plasmase sentiría escalofríos cada vez que tuviera que escribirlo. Si no pensara así, claro. Existen muchas formas de distinguir al personaje del autor, sin por ello perjudicar a la caracterización.

      ¡Gracias por pasarte y comentar! =)

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  2. Cuando he adivinado por primera vez la palabra Neimhaim antes de llegar al párrafo donde estaba escrita he estado a punto de dejar de leer, pensando: «otra que va a poner al maldito Neimhaim por las malditas nubes». Pero... buff, qué alivio.
    Siguiendo el hilo de lo que tú has dicho, me parece que lo que hizo Aranzazu para parecer feminista (sin pensárselo demasiado) fue un superficial cambio de roles: el chico va a ser el tranquilo y la chica va a ser la guerrera, pero luego fue desarrollando la historia sin darle profundidad al tema. Él evoluciona en cierto modo y en lugar de quedarse en casa meditando, va a por lo que quiere, mientras que ella sigue siendo la misma guerrera perfecta físicamente y de carácter hostil hasta el final, que en lugar de tener una personalidad que sea solo de ella, se caracteriza por su clan: a la que te despistas, te saca la espada. Es decir, que él es como un ser especial súper evolucionado y ella como una fiera que te puedes encontrar en la selva y que podría matarte a lo loco por invadir su territorio. Y luego darse cuenta del error sin desarrollar sentimientos de culpa o arrepentirse (falta de desarrollo de personaje, vamos).
    Aparte de lo trillados que están ya todos los elementos que la autora escogió.

    En fin, que me enrollo y solo quería decir que me están encantando todas las entradas :)

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    1. ¡Bienvenida a la mazmorra! Y primero de todo, gracias por tu comentario sobre Neimhaim. Yo solo he podido acabar la primera parte y por lo tanto no puedo opinar en profundidad, pero hasta donde he llegado me parece que es tal y como tú dices. El cambio de rol es bastante superficial, parafraseándote, chico se desarrolla mostrando su valía ante el resto de hombres del clan de la chica y ella, poco que decir, dama en apuros constante (y reitero que leí casi la mitad, a saber la otra mitad). No lo pensó en absoluto, no. En cuanto a la historia, tengo la sensación de que la autora tiraba mucho de lo que le apetecía, con clichés algo manidos que en su contexto no tenían mucho sentido (y así afectó a los personajes); y es una pena porque el planteamiento inicial era muy interesante.

      ¡Gracias por pasarte y comentar! =)
      Atte. Lyra.

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  3. ¡Me ha gustado mucho la entrada! Yo siempre tengo estos problemas al escribir con estas cosas, tengo mucho cuidado con el subtexto y cómo planteo lo que planteo... Y bueno, supongo que no siempre me sale bien la cosa.
    (¡Yo también juego a ese juego! Y la antropología me parece muy interesante, una pena que lo que dimos en la carrera de psicología sobre antropología fuese tan breve y soso...)

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