Recordatorio

No somos profesionales, simplemente nos gusta leer y tenemos tiempo libre, así que a veces cometemos errores.

martes, 27 de octubre de 2015

Príncipe del Mal, Mark Lawrence

Título: Príncipe del mal
Autor: Mark Lawrence.
Sinopsis: Guardaos del Príncipe del Mal... A los nueve años vio cómo mataban a su madre y a su hermano. A los trece ya era el líder de una banda de sanguinarios maleantes. A los quince será rey... Ha llegado el momento de que el príncipe Honorio Jorg Ancrath regrese al castillo que abandonó para reclamar lo que por derecho le pertenece. Desde el día en que quedó atrapado en un zarzal y vio cómo los hombres del conde Renar asesinaban a su madre y a su hermano pequeño, Jorg sólo ha vivido para dar rienda suelta a su rabia. La vida y la muerte no son más que un juego para él... y ya no le queda nada que perder.

Editorial: Minotauro
Número de Páginas: 304.




¡Bienvenidos una semana más! ¿Os va bien, queridos lectores? ¿Disfrutando de agradables historias, profundas, complejas y que os dejan un buen sabor de boca? ¡En ese caso, podéis iros a freír ancas de rana, porque ya me gustaría a mí estar en vuestro lugar!

Como podéis imaginar por el abrupto comienzo, mi opinión sobre este libro no es precisamente favorable. Me he preparado un té con las viejas recetas de mi abuela para calmarme, pero no prometo nada. En fin, vayamos allá con la opinión general y libre de spoilers.

Los autores, en general, no suelen querer niños como protagonistas porque limitan en gran medida la libertad acción y, también, porque se considera que infantiliza la narración. En nuestro caso, don Mark Lawrence decide darle la vuelta al caldero y jugar con un protagonista extremadamente joven que… pretende que se comporte como un adulto. Un momento, un momento, calma. Sí, es evidente que los niños pueden madurar en circunstancias extremas, como es el caso de Jorg pero… Pero siguen siendo niños.

Para aquellos que alguna vez hayan escuchado hablar de este libro —o que hayan leído otras reseñas— sin duda habrán escuchado que es una historia «dura», «cruel» y muy en el estilo de Joe Abercrombie. Bien, es cierto. Es una historia cruel. ¿Cómo no va a serlo? Trata de un príncipe que ve cómo asesinan a sus seres queridos y, poco después, se da a la fuga con una banda de criminales en busca de venganza. Este es el argumento básico de las primeras treinta páginas.

Sin entrar en spoilers os diré, queridos lectores, que el libro os llevará por una Europa post-apocalíptica —en serio, no son spoilers: mirad el mapa— que se ha retrotraído a la cultura material y social de la Edad Media. Se han rediseñado las fronteras y se desarrolla una violenta lucha por reunificar un viejo imperio. Irónicamente, este parecer ser el objetivo final que guía a Jorg, bastante más que obtener su venganza: hacerse con el poder absoluto. Si os parece que se puede lograr con una banda de mercenarios, pues imagino que este es vuestro libro: Jorg se encontrará con zombies, mutantes y diversos hechiceros que se interponen en su camino hacia el poder y tiene que sortearlos o, más en su estilo, aplastarlos. No es de esos que hacen amigos. [L: Oh =(]


Parece interesante, ¿verdad? Bien, no niego que es una idea atractiva, aunque tampoco es tan innovadora como se nos quiere hacer creer, pero está salpicada de problemas. Los personajes son vagos a morir: el único que importa es Jorg, alrededor del cual gira la historia y cuya evolución como personaje debería ser el tema central. Si venís buscando algo así, no sigáis: Jorg no cambia. El trauma le ha dejado una especie de trastorno de disociación muy extremo [R: para que nos entendamos, que es incapaz de sentir como la gente normal. La narración enfatiza mucho que es un témpano de hielo… cuando le apetece al autor], por lo que nos encontraremos más con una sucesión de hechos encadenados derivados de las acciones de Jorg que se narran sin más. Esto es terrible, sobre todo teniendo en cuenta que es una primera persona que podría haberse aprovechado para reflexionar o darnos una visión más amplia y profunda de los personajes que rodean a Jorg.

Pues no. No encontraréis nada de eso. 

Voy a explicarme aprovechando que se compara tanto a don Lawrence con don Abercrombie, a quien, por cierto, no le roza ni la suela de los zapatos. El estilo de don Abercrombie es muy fluido y agradable de leer, mientras que don Lawrence tiene una narrativa fría —con la excusa del trauma de Jorg— que intenta ser ingeniosa de vez en cuando, pero no termina de lograrlo, bien por culpa de la traducción, bien por la suma de factores tales como que el humor de Jorg es nulo.

Los personajes de don Abercrombie son crueles, retorcidos, pero, en cierta manera, cálidos. Están trabajados con esmero, tienen diálogos propios, objetivos y un pasado bien definido. En el caso de don Lawrence, su único personaje es Jorg; los demás son sombras que se pasan por su historia con el propósito de permitir que el protagonista hable en voz alta o ensarte a alguien por la mitad. No tienen ningún peso, en definitiva.

En cuanto a la historia… Bien, de don Abercrombie sólo he leído la trilogía de La Primera Ley y no puedo saber cómo ha evolucionado a nivel de trama en sus nuevas novelas, pero es cierto que el final le quedó bastante suelto y que te deja con una sensación de «¿y ya está?». Sentí, sin embargo, que era precisamente eso lo que buscaba.

Perlas de sabiduría del príncipe Jorg:
«Si pierdes la partida, ¿qué has perdido? Pues has perdido la partida».

No es el caso de don Lawrence, que ha apostado muy fuerte con la intención de causar impacto y lo ha conseguido, por lo visto. Para ello ha recurrido al cliché de la HBO: sexo y sangre completamente gratuitos, sin justificación ni relevancia para la historia. Jorg se dedica a pasar por la espada a casi toda alma viviente que se le cruza en el camino, intentando mostrar al lector cómo se debe usar el miedo para dominar al resto de la humanidad.

Casi todos los reseñadores, curiosamente, reconocen que no tiene sentido que Jorg sea como es con la edad que tiene. Aun así, se lo «perdonan» porque si ignoran este dato, la trama resulta creíble. No entiendo cómo, ya que estamos ante una historia en primera persona, cuyo centro es Jorg. Si el mismo personaje no tiene sentido a menos que se pasen por alto factores tan básicos como la edad, nos encontramos ante un problema inmenso y hablo muy en serio. 

Así pues, básicamente vais a encontrar la historia de un niño que ocupa el lugar de un adulto, sin carisma, pero que logra que le sigan bandidos hechos y derechos desde los doce años por alguna ciencia infusa que todavía no he logrado comprender. Es un personaje amado por el autor, eso está claro, ya que a pesar de la estupidez de sus acciones, de su ineptitud política y de las monstruosidades que perpetra, que deberían haberle costado hace mucho la vida, sigue adelante. El autor está ahí metiendo mano para que todo le salga bien. Nadie, ni nigromantes, ni caballeros, ¡ni mucho menos zombies!, van a interponerse en su camino y, por tanto, no hay desafío ni un buen conflicto. Sin entrar en spoilers, a medida que leáis quizás os sucederá lo mismo que a mí: sabréis que Jorg va a conseguir convertirse en rey, en emperador y en lo que le apetezca.

¿Y por qué?

¡Porque Jorg lo dice y, por tanto, el autor también!

Fin de la historia. Podéis cerrar el libro e iros a casa. Por eso me hace tanta gracia cuando don Lawrence afirma que «I do like to avoid being too predictable!» («Me gusta evitar ser demasiado previsible») [G: Creo que entonces no lo ha conseguido].




Para terminar con esta parte de la reseña, señalaré algunos ejemplos de su tan afamada narrativa, que no es terriblemente mala pero tampoco maravillosa, ni demasiado fluida. En especial se hace pesado el texto explicativo. A veces tengo la sensación de que don Lawrence nos toma por tontos. Citaré algunos ejemplos que podrían haberse desarrollado sin necesidad de explicarnos algo que ya estamos leyendo, gracias:

«Entonces se acercó Makin, que nos pasó el brazo a ambos por el hombro, dándonos palmadas con el guantelete en las placas que nos protegen esa parte del cuerpo [R: a partir de «guantelete» sobra todo]. Si a Makin se le daba bien algo, era apaciguar los ánimos [R: cosa que estás desarrollando y me mostrarás a continuación]. (p. 7)

«—Dos —gruñó Rike. Estaba agotado, y cuando Pequeño Rikey estaba agotado tendía a ver cualquier horca medio vacía [R: …sin… comentarios]». (p. 14).

«—Insisto, ¿qué hay del plan? —Makin podía ser muy cargante cuando se lo proponía [R: ¿en serio? Menos mal que puedo deducirlo yo sola con el diálogo. Por cierto, no recuerdo la página pero he encontrado el ejemplo en muchas reseñas, así que lo incluyo].»

«—A los nueve años, el conde de Renar intentó asesinarme —dije. Mantuve el tono calmo. No duro, calmo. [R: pero por qué te repites].»

Y esta frase la meto porque me hizo mucha gracia la flagrante contradicción que contiene, además de que es uno de los tantos ejemplos de cómo don Lawrence decide expresarse:

«—Puede que sea bajito, Pequeño Rikey, pero no soy ningún bastado —dije suavemente con mi tono asesino [R: mi tono qué. Qué es eso. Además, tú mides 1’80, deja de mentirme] (p. 37)

En fin, para aquellos que no busquen una historia profunda, que puedan pasar por alto algún deus ex machina descarado, sean pacientes como para esperar a otra entrega para que se nos muestre el mundo en el que transcurra la historia y, ante todo, quieran sangre, gritos y la satisfacción de poder proyectarse en un personaje —Jorg es perfecto para eso porque tiene una personalidad poco definida— que puede matar cuanto guste sin que nada le salga mal, adelante. Os entretendrá, eso desde luego.

A aquellos que busquen algo parecido a don Abercrombie, ¡huid, por Medea!

A continuación, para los lectores masoquistas que deseen saber de dónde viene mi repulsión por este libro o a los que no les haya gustado y quieran ver lo que opino de él, entramos en materia de SPOILERS.



¿Seguís aquí? ¡Maravilloso! Pues apoltronaos bien en vuestros asientos, porque esto va para largo, mis queridos lectores.

Para empezar voy a poneros —y a intentar traduciros malamente, aviso— el extracto de una entrevista realizada a don Lawrence, cuyo link incluiré al final de la reseña.

«I have seen people complain that a person so young couldn’t achieve the physical feats described or exert such influence over his companions. That I dismiss.

The reasons for the choice of age are simple and several-fold. Firstly the inspiration for the book was Burgess’ A Clockwork Orange wherein the violent protagonist is of a similar age leading a gang of older reprobates. Secondly, and for quite possibly similar reasons to Burgess, I chose a young age to:

cloud the issue of guilt in his crimes.

highlight the matter of nature vs nurture

place the protagonist close to the events that have shaped him.

give him potential for growth.

explore the changes that are wrought in us through experience in contrast to those that occur through simply growing.

and to focus on the business of moving from childhood to adulthood even when the former has been stolen rather than discarded.»


«He visto a gente protestar aludiendo que una persona tan joven no podría superar las amenazas físicas descritas o ejercer tanta influencia sobre sus compañeros. Discrepo.

Las razones por las que escogí su edad son simples y numerosas. Primero, la inspiración para este libro fue La naranja mecánica de Burgess, donde el violento protagonista tiene una edad similar y lidera a una banda de criminales más mayores. Segundo, y por razones similares a Burgess, escogí una edad tierna porque:

1. Ensombrece el tema de la culpabilidad de sus crímenes.

2. Destaca el conflicto de la naturaleza vs la educación.

3. Sitúa al protagonista cerca de los eventos que le traumatizaron.

4. Le da potencial para crecer.

5. Explota los cambios que sufrimos gracias a la experiencia en contraste con aquellos que ocurren mediante el simple crecimiento.

6. Y para enfocar el tema de pasar de la infancia a ser adulto incluso cuando la primera ha sido más bien robada en vez de dejada atrás.»

Bien, tendréis que perdonar mi traducción, que no es la más fiel del mundo, pero espero que os sirva para entender, más o menos, a aquellos que no dominéis bien el inglés.

Los motivos que da don Lawrence no son equivocados y, de verdad, habría sido maravilloso si se hubiera dignado a desarrollarlos en su historia, cosa que no hace, ya que Príncipe del mal —o de las Espinas, como es su título original— se centra más en que Jorg supere sin demasiados problemas toda una serie de obstáculos para que se alce triunfante al final con su ansiada corona sin que reflexione sobre el camino, madure o sufra un verdadero cambio psicológico.

Lo cierto es que la mentalidad de Jorg se establece a los nueve años y no evoluciona durante el resto del tiempo. ¿Que cómo sé eso? Muy sencillo: el libro está narrado en una primera persona; un Jorg más mayor, que todavía no se ha hecho con la corona imperial, se ha sentado a escribir su historia. [R: No sé, debió apetecerle y no tenía más mujeres a las que violar o gente a la que cortar en pedazos.] En el libro te dan a entender que es un gran lector, que aprendió a leer en un tris, pero su prosa no es nada del otro mundo y sus perlas de sabidurías tampoco dejan claro que sea especialmente culto. Al contrario, resultan bastante pretenciosas y da la impresión de que don Lawrence está desesperado por dejar frases para la posteridad:

«Si pierdes la partida, ¿qué has perdido? Pues has perdido la partida.» [G: XDDDDDDDDDD]



El caso es que su narración es fría, insensible, irreflexiva, no entra en detalles —excepto algunos explicativos que me arrancan sonrisas burlonas porque el principito que ha leído a tantos filósofos no sabe que hay cosas que se ven mejor con el diálogo o en las acciones de los personajes—, no hay realmente ningún motivo para contar esta historia excepto el mero hecho de contarla. No quiere dejar un mensaje, afirma rotundamente que no se arrepiente y… En fin, que se quedó estancado en los nueve añicos.

Esto no sería malo si el autor quisiera desarrollar el trauma de Jorg y señalar cómo nos puede afectar algo que nos sucede en la infancia y que nos ancla al pasado, impidiéndonos madurar, pero tampoco va de eso la historia.

Como ya he dicho, Príncipe del mal es un libro para matar el rato, sin desafíos, sin más propósito que hacerte sentir mal y de preguntarte si el personaje al que sigues está loco o no. Y no, no lo está. Está mal escrito, eso es lo que pasa. Es una plasmación del morbo del autor y del morbo que quiere hacer sentir a los lectores al ponerse en la situación de alguien que puede matar sin recibir ningún castigo kármico.

¡Vayamos, pues, a analizar a los personajes, el mundo y a las conclusiones!


Personajes

—Jorg.

En realidad, sólo voy a centrarme de Jorg, porque el resto de personajes es tan importante como una chinita que te sacas del zapato. Como imaginaréis, una historia donde no conocemos a los personajes excepto por los textos explicativos que Jorg se digna a incluir alguna que otra vez al final de los capítulos y que no tienen influencia en la trama es ya de por sí bastante pobre.

En fin, vamos allá:

Pensemos. Antes de que el conde Renar —he tenido que ir a buscar el nombre porque ni lo recordaba. A pesar de que toda la historia se supone que trata sobre la búsqueda de venganza, el papel del conde es ridículamente insípido y se reduce a una página de aparición— mandara violar y matar a la madre de Jorg, además de destrozar la cabecita de su hermano pequeño, Jorg era un niño normal y corriente. Jamás parecía haber dado los indicios típicos de alguien que va a ser cruel, como el maltrato animal. Sólo era arrogante, como es habitual en un príncipe. El caso es que se salvó por muy poco de acabar como su hermano cayendo en un zarzal donde las espinas venenosas (?) lo dejaron en un estado catatónico durante meses. Se despierta con un ánimo terrible de venganza. De acuerdo.

Entonces, a pesar de que el libro incide una y otra vez en que es un niño super inteligente y superdotado… Su idea para obtener la venganza es liberar a un grupo de bandidos sanguinarios y unirse a ellos para invadir las tierras de Renar, porque el jefe de los susodichos le debe la vida. Todo porque su padre —ya hablaremos del padre, ya— ha decidido no ir a la guerra y arreglar el conflicto con acuerdos diplomáticos.

Podríamos atribuir sus acciones a la temeridad de un niño pequeño, ya que los chiquillos suelen creerse dioses inmortales, pero no tiene sentido porque para este momento ya ha aprendido que la vida es finita y que debe emplear la violencia si quiere obtener lo que desea.

De acuerdo, demos por sentado que estaba enajenado y simplemente quería vengarse ya, de inmediato. Podría aceptarlo, si no fuera porque el autor defiende esta estupidez supina como «inteligencia» y el mismo Jorg da por sentado que era la opción más lógica, por no decir la única, para obtener sus objetivos… Hasta que a mitad de la trama se da cuenta de que todas sus correrías no han hecho más que beneficiar a su enemigo, fastidiar a su padre, y le han alejado de la venganza.




Tengo la impresión de que don Lawrence se ha obsesionado tanto por hacer algo «fuera de lo común» que ha decidido ignorar la lógica dentro de su propia historia. Una persona inteligente, consciente de que es un príncipe y que es capaz de elaborar intrincados planes para obtener sus objetivos a cualquier precio, se habría dado cuenta de que es mucho más prudente y beneficioso permanecer en el castillo, asegurarte de que te vuelves imprescindible como heredero para tu padre, ascender en el poder, dominar un ejército y, en todo caso, matar a tu padre para tomar así las riendas y, de paso, echar la culpa a la facción nobiliaria enemiga.

Supongo que eso era demasiado típico para don Lawrence, que decidió que la providencia divina permitiría que un niño de nueve años fuera ganándose el respeto de bandidos hasta el punto de sustituir a su jefe a los trece. Cuando empecé el libro pensé que sabrían que era un príncipe y que por eso decidieron que sería provechoso seguirle, con la esperanza de usarle de rehén, de ganar dinero o que les diera terrenos cuando subiera el trono. No sé, cualquier cosa antes de decirme que tienen miedo de un niño [L: Hablando seriamente, los niños pueden dar miedo. Son nidos naturales de piojos]. Cuando alguien tan bruto como los bandidos descritos en este libro tiene miedo de algo, lo elimina. Es la reacción natural. Además, el caballero que acompaña a Jorg tardó en encontrarle, así que lo lógico sería que con todas las peleas que promueve el principito fuera un fiambre para entonces.

No lo es, por supuesto, porque «le tienen miedo», lo cual no deja de hacerme gracia. Allá por la tercera parte del libro te enteras de que Jorg supera el metro ochenta. ¿Se supone que debo creerme que un niño mal alimentado que tiene esa altura es fuerte y no un adolescente desgarbado y cubierto de acné [R: ¿acné, qué es eso? Jorg es un guapito de cara, como les gusta resultar a los bandidos]?

Hay gente que se queja de que no usaran esta imagen para la portada española.
Entiendo la protesta, pero teniendo en cuenta que Jorg resulta ser un gigante, pues…
Creo que la de un niño llevaría a toda más confusión

Me gustaría señalar que en La Naranja Mecánica hablamos de rebeldes en medio de una ciudad más adelantada y repleta de gente normal, por no decir cobarde —que no están acostumbrados a lidiar con la violencia, vamos—. Los protagonistas son matones, hijos de puta repugnantes, violadores y todo lo que quieras, pero no bandidos. En cambio, en Príncipe del mal nos encontramos ante gente que podría morir en la horca y que caen como moscas durante las campañas más arriesgadas de Jorg. No están obedeciendo a un matón violento fuera de sí que satisface sus instintos naturales; están siguiendo a un mocoso con mucha fuerza de voluntad y todo lo que quieras, pero a un mocoso que les pide derrocar reinos, enfrentarse a soldados de condados y… Y… Que en muchas ocasiones ni siquiera puede entregarles oro, porque atacan pueblos pobres.

Puedes haber leído la Naranja Mecánica, o haber visto la película, te puede gustar o no, pero al menos hay que reconocer que gran parte de la historia se centraba en desentrañar el porqué de la violencia, no en regalar sangre, cuellos rotos y desafíos inocuos para complacer al lector. La violencia en La Naranja Mecánica era el medio para obtener una historia y un conflicto; en Príncipe del mal es… fanservice.

Quería hablar del polémico tema de trauma de Jorg. Ese «supuesto» trauma que, o bien despertó una naturaleza latente o desarrolló el comportamiento monstruoso de Jorg.

Para empezar, el recuerdo de los gritos de su madre al ser violada lo persigue día y noche junto al de cómo le espachurraron la cabecita a su querido hermano pequeño, pero en la primera página viola y hace gritar a las mujeres de un pueblo. ¿Soy la única que no ve lógica? Si don Lawrence me hubiera explicado que esto es fruto de una contradicción interna, de un deseo intrínseco por hacer daño a la gente, pues, errr, supongo que podría haberlo aceptado. Personalmente habría preferido que Jorg lo usara como una forma de demostrar ante los brutos de sus bandidos que es un «hombre» ya que no parece tener conciencia ni cultural, ni social ni emocional. Es decir, que fuera un medio para obtener su objetivo. 

Jorg ve a las mujeres como peligrosas porque lo «ablandan». De ahí que quiera matar/violar/o ser amigo de su tía, la princesa, dependiendo del momento. También trata fatal a una prostituta y bebe los vientos por una nigromante que está para comer pan. Aparte de un patrón absolutamente despectivo con las mujeres, algo que comentaré más tarde, ¿alguien ve que Jorg tenga algún trauma con la muerte de su madre? Le indigna pensar en cómo la violaron, le rechinan los dientes al recordarlo, y promete vengarla porque ella era tan buena y tan noble que no se lo merecía. Además de ser su madre, claro. Al resto de mujeres del mundo, que les den. Mejor y todo; hará lo mismo que los hombres que le arrebataron a su madre.

Y, antes de que venga nadie a decirme que esto es fruto de su trauma, quiero señalar que Jorg es extraordinariamente selectivo, porque puede encontrar a unos niños mutantes, que dan más repelús que otra cosa, y que le recuerden a su hermanito y decide adoptarlos. A las mujeres mejor matarlas, que ellas nos ablandarán con sus encantos.

No, lo siento, no tiene el más mínimo sentido si no se hace el esfuerzo de desarrollar la psique de Jorg. Si don Lawrence quería presentarme a un personaje con personalidad disociada —como se da a entender con el tema de que no «tenga sentimientos» o empatía por los demás— eso es lo que debería haber sido el centro de la historia. O, al menos, ser pasar de anecdótico. Es un tema grave, que sufren personas con traumas reales, y jugar con esto sólo para espolvorear sangre por ahí es francamente desagradable. La narración debería resaltar los problemas de una disociación tan brutal de personalidad, porque esto es un caso que va más allá de lo corriente se nos plantea en el libro y los lectores de a pie no tienen conocimiento alguno de estas cosas. Personalmente me decanto porque don Lawrence leyó por encima, se dijo «qué guay, puedo poner a un personaje que mata sin necesidad de darle contradicciones morales» y tiró adelante. Quizás en otros libros lo desarrolle, pero meter la pata en la apertura de la historia es para cortarle ese pie. 

Por otra parte, no sé vosotros, pero los personajes que son buenos en todo incluso cuando no deberían serlo me sacan un poco de quicio. Jorg tiene una suerte ridícula en la corte, donde demuestra su nula inteligencia y la poca habilidad que tiene el autor para tratar los chanchullos políticos. Debería leer más de romanos, la verdad. O de persas. Lo suyo era un arte, no esta… Esta cosa.

Vamos a poner ejemplos: ¿qué haría alguien inteligente que desea ganarse a su padre y que necesita a la corte para conquistar el resto de reinos? ¿Bañarse? ¿Comportarse como alguien inteligente y firme, para asegurarse de tener aliados?

¡Bah! Eso es para la gente espabilada.

Mejor presentarte cubierto de barro y oliendo a puerco. Mejor enemistarte con la mano derecha del rey, un brujo que puede crear un árbol de cristal con su sangre —que Jorg decide destruir por algún motivo que se me escapa, excepto que don Lawrence quiere demostrar que su príncipe es un torpe de narices en asuntos políticos— e hipnotizarte [R: pero no matarlo ni controlarlo porque, ya sabéis, los protas molan y pueden todo a fuerza de voluntad]. Mejor matar a uno de los caballeros más importantes del rey e insultar a la reina, mirándola con inquina porque está embarazada de un hermanastro que podría quitarte el trono. No sé, Jorg, quizá habría sido más inteligente no largarte durante cuatro años del castillo, haber fingido ser normal y haberte quitado a tu padre de encima cuando hubieras querido. Que la gente dirá que el rey es muy inteligente, pero espero que se me permita discrepar:

El rey decide que no tiene nada que perder dando una oportunidad a Jorg para que destruya una ciudad enemiga, con la esperanza de que muera en el intento. Como no consigue librarse de su heredero, lo apuñala en el pecho y deja que, por algún motivo, la princesa se lleve su cuerpo y lo vele durante una o dos semanas «esperando a que se muera». Si el rey de Ancrath era tan inteligente, tan meticuloso y buen político, lo suficiente para mantener una paz con un conde al que no podía vencer, ¿cómo es que no se asegura de que el niño está muerto? ¿Por qué no le corta la cabeza inmediatamente al enterarse de que no ha fallecido, como haría cualquier persona con dos dedos de frente?

Bah, de nuevo, eso es demasiado. Mejor dejárselo a la gente lista. Porque si luego tu hijo no se muere y conquista unas tierras vecinas, convirtiéndose en un peligro militar y político, ¿quién iba a haberlo previsto? No sé, es que es normal que después de dos semanas o más la gente siga sin morir desangrada, pero por si acaso, sólo por si acaso, observemos y dejemos que la naturaleza haga su trabajo.

Lo cierto es que Jorg es un protagonista muy resistente a la magia, a las heridas en el pecho que por arte de magia no aciertan en el corazón, sobrevive a explosiones nucleares, a poderes de brujos e incluso aterroriza a los muertos —en realidad es gracias a un mago random que aparece como próximo enemigo de una siguiente entrega, que manipulaba al niño desde pequeño. Esto se desvela hacia el final del libro. ¿Por qué la gente opina que esta es una buena historia?—.

En definitiva, Jorg es un mal personaje, que debería haber muerto muy pronto porque el miedo sólo lo pueden ejercer personas que tienen poder. Si Jorg ha llegado y llegará tan lejos es porque el autor lo protege constantemente para que quede como un badass y así seguirá hasta el final de la trilogía.

Ah, también un apunte. He leído por ahí que, si Jorg no fuera el protagonista de esta historia, sería un villano. Os remito al artículo de Green y os invito a leeros el libro para ver si Jorg es o no un villano, porque sus acciones son malvadas, su forma de pensar también lo es y no pretende ayudar a nadie. Así que, al menos en este primer libro, me río de los que me dicen que es un anti-héroe. Es un Villano y punto. Que haya otros más importantes que él o más inteligentes es un tema aparte.

—Los otros.

Porque son eso, «los otros». Ninguno cobra verdadera relevancia. Los malos aparecen de vez en cuando, pero no pueden hacer nada contra Jorg y son eliminados en un parpadeo. A excepción de una fémina nigromante que acaba muerta, ninguno le hace un rasguño. Como mucho mandan a Jorg a dormir la siesta y a soñar con su pasado poooorqueeeeeee…. No, no sé por qué, excepto para cabrearle y dar una excusa al autor para que Jorg destroce un árbol de cristal y aterrorice a los nobles con su actitud bárbara.

El caballero que acompaña a nuestro protagonista, Makin, está ahí para hacerle la pelota a Jorg y recordarnos que si un caballero digno como él es capaz de seguir a un asesino a sangre fría y sin honor es porque está convencido de que cambiará el mundo, porque es fuerte e inteligente. Y ya. En algún momento parece tener una mínima chispa de moralidad al no querer destruir una ciudad con lo que parece ser una bomba nuclear [R: ahora mismo no estoy segura de si era en sí una bomba, porque llegados a ese punto los Deus Ex Machina eran tan descarados que había perdido el interés y sólo quería terminar el libro mientras estrujaba una rana con una mano para ver si me calmaba. Creo que también había una bomba biológica] pero al final Jorg, con su labia, lo convence de que hay que matarlos a todos.

Luego están las mujeres. 

Vamos a ver: en un mundo de hombres es aceptable no usar mujeres dentro de un grupo masculino. Es más, prefiero que se las trate como deberían ser en la época a que me metan ejemplos de feminismo fuera de contexto para complacer a los lectores más actuales o dramatizar a las pobres féminas que no lograban gobernar como un varón. Hasta ahí no tengo problemas, en serio, pero para la forma que las trata don Lawrence, ya no Jorg, hubiera preferido que no sacara a ninguna. No se me habría pasado por la cabeza acusarle de machista, de verdad. La vena machista se la veo tal y como ha planteado a las mujeres. Por favor, que nadie olvide que la visión misógina de Jorg es suya y de nadie más, y que otra cosa es lo que haga el autor y cómo use a los personajes para el desarrollo de la historia. Ahí es donde se ve si eres feminista o no.

Vamos a enumerar a los personajes femeninos de Príncipe del mal: dos niñas violadas; una princesa que podría haber estado bien si hubiera hecho algo, pero que se limite a ser la posible esposa, deseable y peligrosa; una femme fatale nigromante que encuentra guapo al protagonista e intenta seducirlo (ja) [L: jaja]; una madre «virtuosa» asesinada y violada y una prostituta que sólo aparece para seducir, ser follada y mordisqueada —y dar una pista que Jorg podría haber encontrado de cualquier otra forma—. Luego hay una niña cuyo papel no entiendo, es completamente innecesaria, y se la trata como una «virgen» brillante a la que Jorg respeta y ella… ¿no hace nada? Es más, ayuda a la persona que va a destruir su montaña.



Los bandidos, por su parte, no tienen el menor papel, no hay esfuerzo para distinguirlos a excepción del antiguo jefe y Rike y… No sé. Supongo que están para resaltar que Jorg es todo un hombre chachi guay y que puede dominar a una banda de monstruos violadores. Good for you, supongo.

Del rey ya he hablado y no tengo mucho más que decir. Respecto al conde Renar… jajajaja. ¿Quién es ese? Ah sí, la persona que mató a la madre y al hermano del protagonista, mencionado de vez en cuando, y que muere en… dos… páginas… en un final apresurado y precipitado.



El mundo

De buenas a primeras no me enteré de que era Europa, aunque parecía evidente porque mencionaban a autores como Platón, Plutarco, Licurgo e incluso resulta que siguen siendo católicos. Me fui a buscar un mapa y sí, resulta que esto es una Europa post-apocalíptica donde las fronteras se han vuelto a redibujar. Hasta ahí bien, aunque… Desconozco si se trata de la traducción o no, pero no deja de hacerme gracia que se combinen nombres como «Ancrath» con «Roma», «Nipón» —¿por qué Nipón? ¿Por qué no Japón? ¿Es cosa de la traducción?— o «España». ¿Y esa diferencia de nombres, que algunos perduran y otros no se debe a…? 


Cómo que «Andaluth» en el norte. CÓMO. ¡A dónde vas! ¡A dónde, tío!

Para ser un mundo post-apocalíptico debo decir que no entiendo por qué es tan fresco según algunos. No hay descripciones en sí de los lugares que se visitan, las que hay son de un mundo medieval sin más, y tampoco se profundiza la sociedad, que es la clásica de nobles y punto. Don Lawrence debió considerar —gracias a Medea, porque ya tuve suficiente con las pocas escenas que nos dios— que la política no era lo suyo y podía saltársela, ya que los nobles sólo aparecen como animales estúpidos que salen corriendo en cuanto ven algo malo y no hay ni desafío ni interés por ellos.

Así que nos queda ver cómo es el mundo de a pie que errr… ¿No se describe? Bueno, sí, hay un pueblo, y una ciudad que no se llega a visitar, y está la capital de Ancrath que tampoco tiene un papel importante… Así que voy a decir que, cuanto menos, es un mundo muy vago y que no tiene la menor relevancia en la trama.

Luego está el tema de la sociedad. A ver. No se deja muy claro en qué momento la civilización anterior se vino abajo, pero parece que tenían una religión [R: la católica, sin ir más lejos. Por originalidad, que no falte. Se menciona que hay herejes, pero como su religión no se desarrolla, excepto para decir que tienen «poderes de verdad» pues…] que se ha perpetuado hasta ahora. Por alguna ciencia infusa, no han quedado más obras que las de filosofía del año del catapún —saben más de Esparta que de los Constructores, nuestros descendientes, me imagino—, porque si no, no entiendo cómo es que todavía se estudia a Platón de entre todos los autores posteriores que deberían haberse conservado.

Este mundo no es la continuación de un futuro desastroso; es como si hubieran hecho un corte y pega con la Edad Media para que se estudiara exactamente lo mismo que entonces, con la exclusión de algún que otro autor más moderno. Me encanta el esfuerzo realizado, sí. En especial el tema de la religión. Siempre ha sido un instrumento para controlar a la gente así que, ¿cómo es posible que se mantenga el catolicismo cuando las otras religiones, como a Jorg le gusta señalar, sí que tienen «poderes»? Deberían explicarme cómo es que los católicos tienen tanta influencia. O algo. Ni siquiera el rey de Ancrath ignora a los «herejes» y tiene a uno trabajando bajo sus órdenes. El motivo de que sigan siendo católicos constituye un total misterio para mí.

Por otra parte hay zombies por ahí perdidos y que, quizás como referencia a Canción de Hielo y Fuego, aparecen en las primeras páginas pero nadie se digna a explicarnos por qué están por ahí o cómo han revivido. Más adelante don Lawrence parece recordar que debe tratar el tema y saca a nigromantes que parecen los jefes típicos de mazmorra que se derrotan sin más problema. En realidad sólo están para que el autor nos grite: «¡que no me he olvidado, que os lo explicaré! ¡Algún día! ¡Cuando compréis mi siguiente libro!». En cierto momento el viejo jefe de la banda da una explicación vaga, pero que muy vaga, y no se vuelve a tocar.

Luego parece que quedan restos de ordenadores en el pueblo que Jorg tiene que destruir y es maravilloso porque los personajes conocen a Platón pero para ellos un ordenador es un espíritu maligno. Quizás en próximos libros se explique esta extraña mezcla de elementos dispares, pero me niego a buscar información. Si queréis leer sobre mundos que quizás trascurran en una era post-apocalíptica y que te van desarrollando el tema con bastante más acierto que esto, id a leer La Espada de Fuego de Javier Negrete.

En fin, que estamos ante un mundo desarticulado, con potencial, pero presentado de forma atropellada y confusa y que en realidad sólo necesitaba ser post-apocalíptico para permitir dos de los mayores Deus Ex Machina del libro. Uno es que el ordenador-guardián a la entrada del «arma» que hay bajo la montaña que Jorg debe destruir, que ha permanecido en su puesto durante cientos de años, quiera ser destruido y Jorg lo averigüe. Ya sabéis. Negociando con una IA. Ajá. Todo para nada porque igualmente cualquiera podría haber accedido por la zona ya que llevaba sin funcionar años. El otro es que Jorg pueda adquirir un arma como una bomba nuclear que le permita cumplir sus objetivos en un tiempo récord —para no tener que escribir más— y, sin duda, le labre una terrible reputación, en vez de comportarse como un estratega y plantearnos un verdadero desafío.

Y os hablaría de lo vago y mal hilado que está el tema de la magia, de los brujos y de los absolutamente terribles diálogos de los antagonistas pero es que no acabaría nunca. Pasemos al siguiente apartado.

La violencia

Oh, la violencia. Esto merecería un artículo, para ser sinceros, porque los lectores actuales y los escritores y en general todo el mundo parecer relacionar la violencia con algo «adulto» en contra de lo «infantil» y «no violento».

Mucha gente se ha visto atraída por este libro con ánimo morboso de leer violencia por violencia y disfrutarla. No culpo a nadie, yo también me veo de vez en cuando películas estadounidenses para ver cómo destruyen por enésima vez Nueva York [R: los muggles sois repetitivos a morir] y está bien para pasar el rato, sobre todo si los efectos son de esos que te hacen sonreír como un idiota porque «¡joder, ¿has visto esa caída imposible que debería haberle destrozado los huesos y sale corriendo como si nada?! ¡Es genial! ¡Y mira ese edificio, qué bien hecha está la explosión!».

Sí, sí. Mientras algo esté bien hecho puedes intentar enterrar tu suspensión de la realidad y sentarte a disfrutar.

El problema es cómo y con qué objetivo se represente la violencia.

Aparte de sorprendentemente insípida, sin toques de emoción porque sabes que Jorg es imposible de vencer, la violencia aquí es infantil. Sí, lo que leéis. Infantil. Cuando leía sentía que estaba ante el texto de un doceañero que, emocionado, se ha sentado a escribir sobre su personaje favorito de videojuego que arrasa con todo y con todos. Corta una cabeza por aquí, se cubre de sangre, viola a una mujer por allá, sobrevive mejor que Indiana Jones a la onda expansiva de una bomba capaz de destruir una ciudad [R: ¡y sin nevera!].

¿Esto? ¡Esto es para aficionados!


Y ya.

No hay más. La violencia no tiene propósito, ni tampoco aporta lecciones, ni profundidad. Ni siquiera tiene repercusiones. Puede que tengáis opiniones distintas, pero esto no es una violencia dura, cruda… No, es una violencia mal hecha. Lo que es crudo es porque impacta. Lo duro lo es porque te deja una honda impresión, porque te roba el aliento y te encoge el corazón.

Todo depende de la persona, por supuesto, pero Príncipe del mal me ha hecho poner más los ojos en blanco de pura impaciencia ante esa juvenil forma de ver la violencia y la facilidad con la que se desarrollan las cosas a favor del protagonista que gemir de horror. Bueno, miento. Las perlas de sabiduría de Jorg me han hecho gemir. Igual que la petulancia de don Lawrence con todas las comparaciones con Lucifer.

En resumen: la violencia es difícil. Emplearla sin ton ni son no hace tu libro superior, sino repetitivo y torpe. Todos los escritores saben escribir «y mi hoja de acero mordió la carne de ese cabrón». Lo importante es cómo componer una escena para que sea arrebatadora o para que te haga visualizar lo que se está relatando. Aquí, los combates de Jorg me han resultado pesados y poco claros. Quizá sea solo yo por mi creciente falta de interés, claro. Lo que sí afirmo con rotundidad es que la violencia se convierte en algo recurrente y cansino porque no tiene ningún desafío ni tampoco propósito más que rellenar escenas para recordarte que estás ante un libro duro, «diferente» de la «fantasía común».

Si queréis leer fantasía dura, por supuesto, podéis ir a los primeros libros de Canción de Hielo y Fuego, recurrir a las novelas de Joe Abercrombie o probar con Stephen King o muchos autores que sí que saben ponerte los pelos de punta o hacer que rechines los dientes de dolor al describirte una herida. Sin mencionar que dominan mucho mejor el impacto emocional de las escenas porque saben hacer que cojas cariño a personajes grises y no los simples muñecos de cera como son los personajes de Príncipe del mal.

Conclusiones

Me gustaría cerrar con una cita de don Lawrence opinando sobre su trilogía:


“Prince of Thorns is a book that sets out to challenge the reader with a character—to make you think about a real (albeit unusual) person and about the issues of what makes us “bad.” It’s about what is and isn’t forgivable, what role nurture plays over nature, how we react when the badness is done by someone clever, intelligent, charming rather than a villain who has the good grace to look and act as expectation demands. And it doesn’t answer those questions. The trilogy as a whole stumbles toward an answer, but it won’t ever get there. It’s what we scientists call ‘an unsolved problem.”

Traducción chapucera y aproximada:

«Príncipe del mal es un libro que reta al lector con un personaje, para obligarte a pensar sobre una persona real (aunque poco común) y sobre lo que nos hace «malos». Trata sobre qué es y no es perdonable, sobre qué rol juega la educación sobre la naturaleza, cómo reaccionamos cuando la maldad la perpetra alguien listo, inteligente, carismático, en vez de un villano que tiene la amabilidad de aparentar y actuar como se espera de él. Y ni siquiera contesta a estas preguntas. La trilogía en conjunto trastabilla hacia una respuesta, pero no la alcanzará nunca. Es lo que los científicos denominan “un problema sin resolver”».

Don Lawrence, seamos francos: no hemos leído el mismo libro y eso me preocupa, porque lo escribiste tú. A don Lawrence la violencia no le importa. Es sólo un medio para llamar la atención, para poder describir —sin mucho acierto, debo decir— escenas gore que hagan parecer que tienes en tus manos un libro adulto y maduro.

Nada más lejos de la realidad.

Un libro bueno se habría centrado en el horror de la violencia, en los problemas de un niño con disociación y que sufrió un trauma monstruoso. Habría aprovechado la primera persona y habría hecho de los demás personajes instrumentos valiosos para tratar a fondo los problemas de Jorg.

No ha sido el caso.

Al final encontramos un libro superficial, sin mensaje, sin más propósito que regodearse en hacer el mal y salir victorioso. Ni siquiera La Naranja Mecánica con la que al autor le gusta compararse llega a tal extremo, porque la violencia lleva a más violencia y los niños que la perpetran sin saber dónde juegan (y evidentemente Jorg no tiene ni idea) acaban encontrándose con que sus acciones tienen consecuencias. Y no precisamente buenas. En La Naranja Mecánica la forma de tratar la «violencia» es tan escalofriante que te lleva a pensar, a revolverte, a querer dejar de leer. Eso es una forma interesante de acercarse al mundo violento.

La de don Lawrence es la de un autor que sacude las manos para decir que es diferente.

Lo mejor: los flashbacks. Eran lo único que me resultaba interesante, porque hablaban del Castillo, un poquito de la cultura de Ancrath y Jorg todavía era un personaje relativamente bien construido. Supongo que también podéis contar a la princesa Katherine; por mucho que su papel sea nulo, al menos tenía una personalidad aceptable.

Lo peor: el desperdicio del personaje de Jorg, la violencia barata y, ante todo, las perlas de sabiduría.

Y se acabó. Demonios, tengo que ir a hacerme más té porque siento que voy a explotar de indignación, aunque me he quedado muy satisfecha.

Os dejo los links a la entrevista de don Lawrence y otros blogs de opinión sobre el libro, que seguramente serán mucho más favorables que la mía:

Review of Mark Lawrence’s Prince of Thorns



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