Recordatorio

No somos profesionales, simplemente nos gusta leer y tenemos tiempo libre, así que a veces cometemos errores.

martes, 11 de abril de 2017

Ciencia Ficción: Distopías



¡Bienvenidos a la Mazmorra! ¡Green a vuestro servicio!


Bueno, bueno, aquí vengo con uno de los géneros y etiquetas más populares desde que empezó la ola juvenil de Los Juegos del Hambre. Esta vez voy a ahondar un poco más en otros aspectos de la distopía como tal, más que en sus categorías o sub-subgéneros, por cierta confusión que de aquellos años a esta parte aún se sigue arrastrando. Espero que no os aburra mucho.

¡Bien, y sin más dilación…!


¿Qué es una Distopía?



Distopía, o antiutopía, nace como término y concepto en 1868, en el discurso parlamentario de un señor inglés llamado John Stuart Mill. Al igual que la utopía, la distopía tiene raíz griega (“Mal Lugar”) y significa, según la Real Academia Española «[…] representación imaginaria de una sociedad futura con características negativas que son las causantes de alienación moral». Es decir, todo lo contrario a las sociedades ideales que veíamos en el anterior artículo.

Nadie se pone de acuerdo sobre cuál es la primera historia escrita como distopía. Lo que sí es cierto es que mucho antes de que Mill utilizara el término y lo acuñase, ya existían historias que poseían tintes distópicos correspondientes a la descripción del concepto. En 1726 Jonathan Swift escribió «Los Viajes de Gulliver», historia que casi todos conoceremos y que con fin satírico ya se denunciaban sociedades horribles, corruptas y en declive.

Ambos tipos de sociedad, utopías y distopías, son críticas de la sociedad en la que vive en el autor o autora, pero la distopía busca concienciar sobre lo que podría pasar o ser mediante visiones pesimistas del futuro. No apela a la esperanza para lograr su objetivo sino que utiliza el temor y el miedo para advertir hacia dónde está avanzando su sociedad actual. Este es el punto en el que se entra en materia real sobre cómo está constituida una distopía y qué la diferencia del género post-apocalíptico.

La distopía se emplea para intentar averiguar hacia dónde nos dirigimos, a qué atenerse si se sigue con la sociedad en la que se vive y qué futuro se está modelando, todo sujeto a una visión pesimista y crítica pero sincera. Es un recuerdo constante del peligro latente de aspirar a una utopía social, de las consecuencias desastrosas de no alcanzarla. El género distópico recoge y expone los temores humanos para que el lector reflexione sobre ellos, miedos que pueden ser fruto del progreso tecnológico, político, la incertidumbre diaria y el rol del ciudadano en el presente. Las distopías están estrechamente relacionadas con la época y contexto social y político del momento en que fueron escritas. Por ejemplo, muchas de las historias distópicas escritas hasta mediados del siglo XX eran claros avisos y advertencias sobre el malvado Socialismo, el control social y de masas, el individualismo extremo, el consumo desmedido y la libertad democrática que podía evolucionar a nuevos totalitarismos.

La verdad es que no iban tan desencaminados.

Una sociedad distópica es aquella que ha evolucionado sin intermitencias ni interrupciones desde la que viviera el autor o autora o la que se eligiera para la historia. Una guerra o una catástrofe natural invalidan el ejercicio de concienciación. Las sociedades se comportan de manera distinta a una evolución normal tras haber pasado por períodos traumáticos, ya sean guerras o desastres como terremotos o impactos de meteoritos. Ese comportamiento es, además, impredecible y lejano y no conecta con el núcleo, cuyo deber principal es dar el preciso toque de atención (aunque una distopía, por supuesto, no es una predicción ni mucho menos).

Esto quiere decir que una distopía no es sangre, muerte y destrucción, si no que tiene que ver con la sociedad, lo que hay dentro de ella y la mente del ciudadano. Una distopía puede perfectamente germinar en un mundo maravilloso, soleado y perfecto, sin que haya tenido que haber un Apocalipsis de por medio que saque lo peor del ser humano.

Y se tienen que cocinar a fuego lento, como la rana que pretendemos hervir sin que se dé cuenta. Por ejemplo: Si un gobernador, presidente o ministro se planta y suelta que a partir de mañana los ciudadanos van a dejar de tener intimidad porque se instalarán cámaras en todas partes, incluso dentro de las casas, la reacción de la población sería cuanto menos violenta. Estallaría una revolución “a la francesa”, como quien dice.

¿Pero y si este posible Gobierno hiciese eso poco a poco? Primero utilizaría a los medios de comunicación para sembrar la inseguridad entre la ciudadanía. Con emitir cada X tiempo noticias internacionales y sucesos preocupantes y cada uno peor que el anterior de forma gradual, se conseguiría ese efecto. Se esperaría un poco a que esa inseguridad creciese y se transformase en miedo. Ese miedo, esa inseguridad, nacería de la ilusión de querer sentirse protegidos y con unos cuantos altercados bastaría para hacer sentir en peligro a la mayoría. Muchas veces ni son noticias de verdad, mientras cumplan con su función de aterrorizar. Al final, cuando la población se encuentra al borde del pánico general, el Gobierno propone reformar las leyes para hacer el país más seguro y que para ello necesitan cámaras colocadas en cada rincón y casa. Así el gobierno engaña a los ciudadanos haciéndoles creer que es por su propio bien y que lo necesitan, cuando en realidad se camina hacia una distopía donde se ha recortado el derecho a la privacidad y por ende instaurado el control de los dirigentes sobre los demás.

¿Os suena de algo?



Falsas Distopías



¿Qué puede importarnos la crítica de una sociedad futura que se vio altamente alterada y contaminada por un conflicto bélico? Que se hubieran hecho las paces. ¿Habría sido igual si se hubiera seguido su curso normal sin alteraciones ajenas al sistema?

Bueno, la respuesta es obvia: No.

Una sociedad nunca evoluciona de igual forma a otra si una pasa por un conflicto ajeno a su sistema y la otra no. Nunca. Esto es una regla fundamental que hoy día parece haberse perdido un poco así que voy a intentar esclarecerlo lo mejor posible.

Una falsa distopía es una historia de un género X que contiene tintes distópicos. Como ya he dicho más arriba, la característica esencial de toda distopía es mostrar una sociedad futura a la que, tal y como están las cosas en la actualidad real, se pueda llegar sin mediación de elementos externos. Cualquier historia que no cumpla con este requisito no es una distopía real, sino una historia a la que por moda se le ha colgado esa etiqueta. Es un fenómeno actual, los tiempos convulsos en los que estamos viviendo (incluso aquí, en el seguro Primer Mundo) propician que florezcan las falsas distopías, historias que comenten el error de querer ahondar en las aristas del género sin realmente mancharse las manos con el proceso de crítica.

Las falsas distopías son pequeños panfletos pseudo-políticos en los que se incita siempre a la rebelión contra el sistema sin plantear o aclarar el porqué de dicho sistema y cómo podríamos no tenerlo algún día. Se simplifica todo el proceso de comprensión y desilusión en tramas de intriga o aventura en pos de derrocar al gobierno opresor porque dichos gobiernos coartan la Libertad de Expresión sin presentar alternativas políticas a la que ya existe.

Todos, o casi todos, conocemos Los Juegos del Hambre, una saga de libros (posteriormente adaptados al cine) que relata una futura sociedad post-bélica (muy post-post bélica) con tintes distópicos. Esta sociedad está completamente desvinculada de nuestro tiempo real y no sabemos en ningún momento cuántos años han pasado desde nuestra existencia ni qué ha sucedido con el resto del mundo (lo cual partiendo de una sociedad globalizada como la nuestra es un poco, ejem, post-apocalíptico). Sólo tenemos conocimiento de, y esto especulando, una guerra mundial que terminó con gran cantidad de países y aisló lo que quedó de Estados Unidos del resto continente americano y el planeta hasta que se formó Panem. No se menciona siquiera que el anterior país a Panem fuera Estados Unidos (yo no lo supe hasta que me enseñaron un mapa, la narración no te lo dice) y la proyección en el futuro es tan avanzada que la sociedad del Capitolio y los Distritos podrían importarnos menos.

Importan, claro está, porque una vez que empiezas a leer te vinculan a los habitantes subyugados y pobres de un gobierno tirano y lo único que te gritan desde el principio es la llamada a la rebelión que triunfará gracias a la casualidad y el oportunismo.

Fallos de narración aparte, la construcción del Capitolio como sistema opresor es errónea. Ya desde el primer libro nos dicen que los distritos son los que proporcionan TODO lo que necesita el Capitolio, donde viven los ricos que nada más se dedican a ver la vida pasar y beber alcohol de color azul. La alienación de los distritos es irregular y no está sujeta a la lógica. El sistema de represión de los juegos es absurda, tienes a la mitad de Panem a disgusto contigo. Aunque haya uno, dos o tres distritos contentos con el régimen porque no realizan trabajos realmente forzados, con que tu distrito 12 y 11 se rebelen YA ESTÁS JODIDO porque te quedas sin la agricultura y el carbón (que de todas formas para qué quieren carbón si otro distrito les manda electricidad. ¿Usan el carbón para la electricidad de ese otro distrito?, who knows). Y diréis: Pero Green, el Capitolio puede mandar soldados y bombardear para reprimir a los rebeldes, como hace en los otros libros.

Sí, es cierto. Y si el Capitolio mata a todo el mundo igualmente se queda sin nada, pero bueno. El Distrito 12 es destruido en un bombardeo al final de En Llamas, ¿el Capitolio ya no necesitaba carbón?, ¿saca carbón de otro lado?, ¿en realidad tenía a la gente ahí puesta porque sí?, ¿de verdad el castigar a una rebelde valía todo el carbón que hasta entonces habían necesitado? who knows.

Sobre el Distrito 13 de marras según la wikia de la saga:

«[…] con un acuerdo con el Capitolio para permanecer independiente y a cambio no comenzar una guerra nuclear con Panem. Su industria fue la minería de grafito y la tecnología nuclear. Ésta es la razón por la cual el Capitolio acordó dejarlos solos».

Vamos a ver, ¿qué clase de gilipollez es esta? ¿En ese momento no, pero luego con Katniss bombardeamos a gusto y no disgusto? Anda, anda, anda.

Me encanta pensar en por qué nadie saltó por los aires cuando el Capitolio decidió destruir el 13 (en la superficie no había bombas, duh) por rebeldía. Es más, ¿cómo demonios peleó el 13 hasta el acuerdo, si no fue con sus bombas nucleares? ¿Por qué esperaron a que una adolescente casualmente hiciera un acto de sacrificio para salvar a su hermana y demostrar así que podía ser símbolo de Rebelión? Y si no lo hubiera hecho, ¿habrían esperado para siempre? ¿Jamás de los jamases habrían utilizado sus armas nucleares?

¿Se ve adónde quiero llegar?

¿Qué terror va a generar una distopía tan lejana y desvinculada de mi tiempo, interrumpida por guerras futuras que ni nos aclaran, cuyo gobierno opresor DEPENDE de los recursos que los oprimidos PRODUCEN DE CERO y CONFÍA ciegamente en que sus enemigos no van a lanzarles una bomba a la cara?

Ni la Crisis de los Misiles de Cuba fue tan difícil, por Dios santo.

No os engañéis, la represión más efectiva es la que no notas hasta que te llevan a una pared y te pegan un tiro en la frente porque contaste un chiste de un dictador muerto (si me meten en la cárcel por esto quiero que me llevéis tartas de fresa con limas dentro). Los gobiernos más opresivos y totalitarios conocidos, tanto en ficción como en realidad, mantienen dormida a la mayoría de la población precisamente para que no exista ningún conato de rebeldía general (Y esto ha pasado y pasará en todas las dictaduras.

Siempre existirán disidentes, pero nuestras sociedades fácilmente se dejan engatusar con promesas y ni siquiera es por echar mierda sobre la propia España, en todas partes pasa). El CHOLLO de una distopía es que un único individuo sea el que se DÉ CUENTA de lo que pasa en su sociedad y sepa que está jodido. La REALIDAD de una distopía es que no se puede derrocar al sistema por mucho que te esfuerces porque es imposible que una única persona destruya el sistema. Incluso si montas una rebelión, necesitas entrar en guerra para destrozar al gobierno y montarlo de cero. Las sociedades distópicas futuristas no son Luis XVI, no es tan fácil. Se necesitan discursos políticos, plantear la visión crítica de la pérdida de Libertad en una sociedad donde aparentemente tienes libertad. No se puede etiquetar un libro como distopía y que te vendan aventuras, guerras y tramas románticas que no interesan para comprender y reflexionar sobre el futuro.

¿Dónde queda la crítica y concienciación sobre una sociedad aterradora que NOS PODRÍA PASAR algún día, eh?

¡¿Eh?!





Diferentes tipos de Distopías




Sociedad y política




«Recuerden, recuerden, el 5 de noviembre.
Conspiración, pólvora y traición.
No veo la demora y siempre es
la hora para evocarla sin dilación».
V de Vendetta

En distopías, al contrario que las utopías, la línea que separa la política de lo social es muy fina y muchas veces una tiene repercusión en la otra más de lo que imaginamos.

Bien.

Una distopía sociopolítica es aquella que se enfoca en un núcleo político o social o ambos a la vez con temas familiares y antes mencionados como el control social, la cultura de masas y el totalitarismo. Critica, especula y conciencia sobre sistemas y comportamientos no gratos para que en el futuro no se vuelvan a repetir o no se lleve al máximo exponente. La gran mayoría de las distopías conocidas van en este cajón ya que son, quizá, las que tocan muchos más puntos sensibles del lector del momento.

Y más hoy, que el percal no está muy fino tampoco.

El ejemplo más conocido es 1984, del señor George Orwell. Publicada en 1949, el libro trata una sociedad futura que está sometida al poder político del gobierno, a la censura y la manipulación de los medios, un sistema dictatorial en el cual la población es controlada hasta tal punto que pensar sobre un crimen es un crimen.

Para mantener ese control sobre los ciudadanos, en cada lugar público y privado existe un "pantalla" con la que se vigila en todo momento al populacho. Cualquier actividad sospechosa, incluso dentro de tu propia casa, se reprime por miedo a las represalias. Ese miedo es el motor principal de 1984, un mundo libre de disturbios y crímenes a costa de la libertad civil. Ese gobierno lo encabeza una figura sin nombre, El Gran Hermano, cuyo retrato (común, anodino y aburrido) se encuentra en todas las paredes allá donde vayas para recordarte que no eres dueño de tus acciones ni de tus ideas, y que te vigila constantemente.

«La guerra es paz
La libertad es esclavitud
La ignorancia es fuerza».
1984



Suena muy feo, ¿verdad?

En ese marco se nos presenta al protagonista, Winston Smith, un miembro y trabajador más del Partido, ejecutor de la justicia de Gran Hermano. A través de él viviremos el infierno de su sociedad. La historia se desarrolla en Londres, ciudad que forma parte de Oceanía, un maxi-continente que gobierna el Mundo junto con Eurasia y Asia Oriental. Estos tres maxi-continentes están en constante estado de guerra para mantener el control sobre sus respectivas poblaciones. Usan el miedo, el racionamiento y la figura del enemigo común para suprimir cualquier guerra dentro del propio estado.

Bueno, esto es algo que vemos todos los días, como quien dice. Tanto si estás al día de lo que sucede en el mundo como si no, podemos coincidir en que el estado permanente de guerra existe y ha existido durante bastantes años ya y que, aunque no nos lo digan a la cara, podemos imaginar que durante nuestra Historia contemporánea muchos países del primer mundo han entrado en guerra con otros para que su población tenga un enemigo común (aparte de por los recursos económicos, claro).

Orwell publicó 1984 tres años después de que terminara la Segunda Guerra Mundial y tras los nazis, los soviéticos fueron los enemigos recurrentes del mundo occidental en el imaginario popular (sólo hay que ver la cantidad de películas y libros que los colocaban como enemigos a partir de los años sesenta). Estados Unidos a la cabeza, e Inglaterra en menor grado, realizaron campañas del miedo para unir a sus ciudadanos contra un nuevo enemigo y así paliar cualquier descontento y revuelta interna. (Sí, por si lo estáis pensando, cuando los soviéticos se fueron al carajo y ya no eran peligrosos, Estados Unidos se buscó un malo nuevo: cofejemelislamejemcof).





En V de Vendetta, cómic y película, tenemos un escenario muy similar, una Inglaterra de posguerra (parcial, en este caso es válido porque la sociedad no se destruyó ni se generó una nueva tras las ruinas del antiguo estado) donde un régimen fascista (oh, no, natsis!) gobierna el país con puño de hierro. Las libertades civiles y el estado de bienestar se han recortado hasta los mínimos imprescindibles y se controla al ciudadano de a pie a través de los medios de comunicación y las prohibiciones/vigilancia que hacen a la población temerosa de ser castigada, un temor que sólo el Estado puede curar con su forma totalitaria de gobernar.

La obra plantea al anarquista opositor del régimen como el único salvador de la sociedad, pero somos nosotros los que debemos decidir si V es un salvador, un eslabón más de la cadena de la revolución o un símbolo del poder, que pasa de las manos del Gobierno a las del Pueblo. Más arriba comenté que las distopías no las derriba un único individuo que se sale con la suya, si no que sucumbe a ellas. En realidad se puede dar el caso de que la revolución triunfe, como en V de Vendetta, pero son casos raros y sujetos a un final abierto. V invita a reflexionar sobre el poder, la libertad, la libertad que hay en el poder y el poder de la libertad.

Pero el ejemplo que más me gusta es Nosotros, de Yevgueni Zamiatin, un escritor ruso que vivió la Revolución. Encarcelado primero por el régimen zarista y después por los bolcheviques, Zamiatin publicó su novela en 1929 y se la considera una de las primeras distopías de facto. Inspiró a 1984, como el propio Orwell indicó tras haber leído la versión francesa (Nosotros no se traduciría al ruso hasta 1988).

La novela es una clara crítica al régimen soviético que vivió el autor, mezclado con el fascismo italiano de Mussolini. Zamiatin vivió casi toda su juventud, igual que muchos otros escritores rusos jóvenes, a matacaballo entre bandos. Incluso unido a los bolcheviques estos le apresaron y encerraron, y luego se auto-exilió debido al acoso recibido por la controversia de su libro. Hasta 1932 pudo quedarse en el extranjero, donde no se le silenciaba por sus escritos (me da lástima porque en Rusia le tildaban de derechas y en Francia de extrema izquierda).

«En la ciudad de cristal y acero del Estado Único, separada por un muro del mundo salvaje, la vida transcurre sometida a la inflexible autoridad del Bienhechor: los hombres-número trabajan con horarios fijos, siempre a la vista de todos, sin vida privada: el "yo" ha dejado lugar al "nosotros". El narrador de este diario íntimo, D-503, es el constructor de una nave interestelar que deberá llevar al universo "el bienaventurado yugo de la razón". Pero se enamora: el amor equivale a la rebelión, y el instinto sexual al deseo de libertad. Aunque, tras extirparle a D-503 el "ganglio craniano de la fantasía", el Estado sedentario, entrópico, salga victorioso de la conspiración, allende sus muros siguen los hombres nómadas, llenos de energía, que generarán nuevos insurrectos: no existe, ni jamás existirá, la última revolución.»
Sinopsis de Nosotros

Nosotros empieza como una utopía, con un único Estado regido por una única persona, el Bienhechor (los nombres así son recurrentes, ya lo sé) al que se obedece de forma ciega. No existen los nombres ni los apellidos personales, si no que las personas son denominadas con números. Eso los hace iguales entre sí, sin distinción de clase social, raza, religión o sexo. Todos visten de la misma manera, se alimentan de lo mismo y viven en casas iguales, hechas de cristal. La rutina diaria es firme y está controlada en todo momento. El sexo también está regulado por el Estado y todos y cada uno de los niños que nacen pasan a ser propiedad de él.

Por supuesto se reflexiona sobre los regímenes totalitarios a través de la rebelión de unos pocos personajes, aunque en esta historia el sistema jamás cae ni hace amago de quebrarse. Estos eran los miedos de Zamiatin, que vivió en el vaivén de la Rusia revolucionaria y soviética. Su distopía casi vaticinó el férreo control a la que se sometería la sociedad bajo un Estado totalitario, algo que apenas diez años después sucedería.




Tecnología

En Matrix el mundo-programa es la distopía, sin embargo no el mundo real exterior.

«Se explora el significado de cualquier cosa en Google sólo por saber lo que dice otro. Al rato se olvida.Ya no necesitamos agendas ni diarios. Hemos pasado de la dependencia mecánica de la televisión a la condena dictatorial de las redes sociales».
Miguel Camuñas

Tengo sentimientos encontrados hacia los que chillan que estamos en una distopía porque los niños viven pegados a la televisión o los videojuegos. Bueno, miento, no son encontrados, siempre siento la misma indignación e ira fría homicida.

Las nuevas tecnologías, cada vez más cambiantes y rápidas, hacen que muchos adultos y no tan adultos se sientan incómodos y dejados atrás y cosas tan normales como ejercer tu derecho y libertad de expresión llamando gilipollas al tertuliano de turno en Twitter es considerado una condena dictatorial. La realidad es que no ven más allá de la cara mala de la tecnología y una red social, donde puedes hablar con cualquier parte del mundo, estar al tanto de sucesos lejanos al segundo, pedir ayuda o simplemente entretenerte con fotos de gatitos, es únicamente un cadalso donde los políticos son carne de escarnio social.

La distopía no es que el niño viva pegado a un videojuego, si no que los de arriba se enrabieten como críos cuando les critican algo que han dicho y aboguen por eliminar el “vertedero que son las redes sociales”.

Pues os voy a decir una cosa: si os picáis ajos coméis.

Las distopías tecnológicas o científicas son gobiernos tecnocráticos (que no meritocráticos), donde el técnico/ingeniero/científico es el que se encuentra en el poder, aunque normalmente hablamos de un pequeño grupo al uso de las oligarquías de nuestra realidad. Estas distopías son el dominio de los ingenieros, que resuelven los problemas políticos y sociales mediante el método científico y la tecnología. A veces se confunde con el cyberpunk porque estamos muy acostumbrados a que todo lo referente a la tecnología sea futurista con respecto a nuestro tiempo, pero una historia de corte steampunk también podría ser una distopía tecnocrática. Lo que caracteriza a estas distopías es la idea de querer separar de la sociedad todo aquello que no sea cuantificable y manipulable. Por lo tanto también poseen esa idea y pretensión de eliminar de la vida de las personas todo aquello que sea trascendental.

Un Mundo Feliz es una de las distopías más conocidas, como en el caso de 1984. En esta historia volvemos al Londres (que pesaos con Inglaterra, acho) de un futuro incierto, donde la sociedad es alienada desde la propia gestación. Dicha gestación no es vivípara, como la nuestra, si no que la reproducción humana se realiza de forma artificial. El individuo es condicionado desde embrión con técnicas y elementos de un método llamado hipnopedia. Conceptos como la muerte, el sexo y la estratificación social son asimilados por los sujetos desde muy temprana edad y se ven como naturales, triviales y sin carga emocional. Nociones como la familia, la maternidad y los vínculos entre personas han sido erradicadas de la cultura de Un Mundo Feliz y son vistas con cierta pena. Es un mundo donde parece que reina la felicidad y el bienestar general gracias a esa alienación y encasillado de los individuos en posiciones concretas, un lugar donde constantemente sabes que sólo tienes una función, a costa de la libertad individual.

El argumento gira en torno a dos personajes Lenina (Lenin) y Bernard Mark (Karl Marx), (tiene gracia si lo piensas un poco). Lenina es una mujer completamente alienada a través del condicionamiento y el hedonismo de su sociedad. Bernard, por el contrario, se resiste en mayor o menor medida al condicionamiento e intenta defender su individualidad en un mundo excesivamente uniforme para su gusto. Pronto nos damos cuenta, gracias a él y su forma de pensar, que ese mundo no es tan feliz como podía parecer. En el fondo sentimos la diferenciación social alienante como una injusticia, ya que los embriones no pueden defenderse ni protestar contra ese condicionamiento casi genético. Si eres afortunado de pertenecer a las clases altas no podemos quejarnos, pero si eres de las más bajas, condenado desde concepción para trabajar toda tu vida en una fábrica, entonces no es tan divertido.

Y que uno no se dé cuenta es aún menos divertido.

«—Pues yo no quiero comodidad. Yo quiero a Dios, quiero poesía, quiero peligro real, quiero libertad, quiero bondad, quiero pecado.

—En suma —dijo Mustafá Mond—, usted reclama el derecho a ser desgraciado.

—Muy bien, de acuerdo —dijo el Salvaje, en tono de reto—. Reclamo el derecho a ser desgraciado.»
Un Mundo Feliz

Un Mundo Feliz nos lanza muchas preguntas, pero yo siempre me hago la misma: ¿Merece el placer la suficiente pena como para renunciar a la libertad personal?






Black Mirror también suele preguntarnos ese tipo de cosas en cada uno de sus capítulos. Esta serie presenta una sociedad diferente en cada uno de ellos, siempre dependientes de la tecnología y muy a menudo también los medios de comunicación. Nosedive, por ejemplo, muestra un mundo donde tu estatus lo determina tu número de puntos en una red social, puntos que se pueden aumentar siendo amable con la gente, y restar si eres molesto o no sigues el protocolo de turno. Por supuesto, cuantos más puntos posees y más popular eres, puedes acceder a una vida más acomodada, y cuantos menos puntos tengas, más cerca puedes estar de la marginación y la mendicidad (un buen trabajo lo consigues no sólo con tu CV, si no con tu nivel de socialización en la red social). Así el sistema te obliga a ser sociable y “buena persona” con el prójimo para ganar todos los puntos posibles con los que puedes acceder a todo tipo de comodidades, artículos y puestos de trabajo.


Ese capítulo en concreto nos presenta a Lacie, una chica que desea aumentar su nivel y calidad de vida y para ello necesita tener más amigos y subir unos pocos puntos de más. La obsesión por conseguirlos la lleva a una espiral descendente, ya que un pequeño empujón le quita algunas décimas y eso provoca a su vez que cometa cada vez más errores hasta llegar a números negativos.

Esta pequeña historia avisa y crítica la dependencia de las redes sociales y la censura prominente en las mismas de lo políticamente correcto, de tener que ser agradable con todo el mundo. Sin embargo cuando veía el capítulo no sentía que tuviera a un señor casposo y mayor chillando que las redes sociales estropeaban a la gente, si no que era responsabilidad del propio usuario controlarse con ellas. A lo largo del capítulo se veían a otras personas contentas con su nivel de vida, o no, pero que no se dejaban arrastrar por la enfermiza obsesión de la protagonista.

«Camionera: Desde hace ocho años, Tom, mi marido, tiene cáncer. Era pancreático, una verdadera putada. Los síntomas se presentaron tarde.
Lacie: Lo siento mucho.
Camionera: No me conoces, así que en realidad no lo sientes. Simplemente eres torpe porque he causado una cierta conversación sobre el cáncer contigo.»

Nosedive, Black Mirror.




En El momento de Waldo los políticos se convierten en objeto de burla de un programa de televisión que se sirve de una mascota virtual, un osito azul de aspecto adorable pero de lengua viperina y soez, para ridiculizarlos con chistes de pedos. Aun así la gente adora a Waldo, pero Waldo no es sólo un osito azul.

«Es usted de chiste. Es usted menos persona que yo. Y eso que soy un oso de mentira con la polla color turquesa. ¿Y usted? No es más que una mona vestida de seda. ¿Se cree superior a mí sólo porque me lo tomo en serio? Nadie le toma en serio, por eso nadie vota ya.»
Waldo

Waldo es la voz de la sociedad desencantada con la clase política. Por eso, cuando irrumpe en las elecciones parlamentarias de distrito y persigue y acosa al candidato conservador la gente no sólo simpatiza con él, sino que acaban respetándole más que a sus representantes porque aunque no es real, es mucho más real que cualquier político.

Es una representación de todos los ideales que han ido fraguándose con los movimientos civiles. El director de Black Mirror, Charlie Brooker, presenta una sociedad que no es tan diferente de la nuestra, en donde la gente ya no cree en nada. Gente que está tan decepcionada que acaba creyendo antes en un dibujo animado porque este al menos es sincero. Y no es casual que el capítulo empiece con la noticia de un parlamentario obligado a dimitir tras publicarse en su cuenta de Twitter algunas fotos comprometidas. Los políticos están sujetos a la opinión pública y las redes sociales a un nivel que todavía no alcanzamos pero que podríamos alcanzar. Waldo termina convirtiéndose en un candidato real gracias a la teoría de lo que debería ser la democracia según algunos: Un mundo controlado por Internet donde cualquier decisión se toma en base a los likes que se obtengan

Los admiradores de Waldo le siguen el juego mientras que las redes sociales hacen el resto: Difundir y potenciar el mensaje creando grupos de apoyo y tweets y comentarios para influenciar al resto de políticos.

Don Brooker pone los pelos de punta cuando se empieza a dibujar ese futuro tan negro, esa distopía a la que parece que nos encaminamos. Mientras el humorista que ponía voz a Waldo vive como un vagabundo, su personaje se ha convertido en una especie de Gran Hermano, presente en cada aspecto de la vida y en un mundo en el que una policía casi paramilitar mantiene el orden.

No debemos desestimar el poder de las redes sociales ni dejar que ellas nos gobiernen porque podríamos acabar inmersos en un desastre similar. ¿Podríamos? Lo que no podemos negar es que las redes sociales ya son poderosas: marcan la agenda de los medios, encumbran a una persona al tiempo que pueden hundir a otra en la miseria. Pueden movilizar a toda una sociedad.

¿Haremos siempre, entonces, buen uso de ellas? ¿Sabremos controlar su potencial sin dejar que ellas nos controlen a nosotros?

Sólo el tiempo dirá.



Ecología


O mejor dicho: Catástrofes naturales. Esta temática es la más recurrente a la hora de realizar una distopía, tan recurrente que en el 90% de los casos se caen en falsas distopías y en la ya popularizada climatic fiction. Lejos de vivir una catástrofe natural o tratar una sociedad o pueblo resurgido de las cenizas del Apocalipsis, las distopías ecológicas tratan temáticas medioambientales como la superpoblación, la contaminación y el agotamiento de los recursos sin llegar a caer en el catastrofismo y la post-apocalíptica.

Ward Moore escribió Más verde de lo que creéis en 1947 y cuenta una historia sobre una gigantesca gramínea que cubre todo el planeta.

«Ni la vegetación ni las gentes de este libro son enteramente ficticios. Pero, lector, ninguna persona retratada aquí es usted. Con una sola excepción. Usted, señor, señorita o señora —sea cual sea su país o su situación— es Albert Weener. Tanto como yo soy Albert Weener.»
Ward Moore
Estas palabras del autor, refiriéndose al protagonista de la historia, hace alusión en realidad a al lector, a todo el mundo, a cualquier representante del ser humano. En la historia, Weener es el narrador que nos explica cómo surge esa hierba, esa planta que cubre todo el planeta, y cuál es su origen. Otro personaje, la doctora Francis, contrata al protagonista para vender su metamorfoseador (el estimulador de plantas que tiene el noble propósito de paliar el hambre en el mundo)

Weener hace un comentario interesante, sobre si sería más rentable ofrecer el producto a sujetos cuyo césped sea una porquería para que dejen de ser el hazmerreír del barrio. Tras el uso del metamorfoseador, la hierba crece incontrolada e incontrolable, enterrando bajo una masa verde e impenetrable primero la ciudad de Los Ángeles, luego California, a continuación todos los EE.UU., y de ahí al resto de América, Oceanía, Asia, África y Europa, hasta que sólo las Islas Británicas resisten ahora y siempre al invasor (otra vez los británicos, Dios santo). Weener, con una mezcla de suerte y determinación, se introduce en el negocio de los concentrados alimenticios justo cuando el mundo más lo necesita y cabalga sobre la cresta de la ola verde mientras el resto del mundo se hunde a su alrededor.

Sí, la hierba es peligrosa, pero mientras él pueda seguir exprimiendo beneficios y esquivando daños personales, es un peligro aceptable e incluso deseable.

En Todos sobre Zanzibar, de John Brunner y publicado en 1968, se trata la superpoblación del planeta de tal forma que la historia presenta una distopía en la que las personas pagan para poder estar a solas durante un pequeño período de tiempo. Algo que suena terriblemente desalentador teniendo en cuenta que nosotros mismos avanzamos cada vez más rápido hacia ese futuro.

En ¡Hagan sitio!, ¡hagan sitio!, de Harry Harrison y publicado un poco antes que Todos sobre Zanzíbar (1966) relata una situación global en la que la hambruna es tal y la superpoblación es tal que los cadáveres son reciclados en pos de poder utilizarlos para comer.

¿Comeríamos cadáveres si no nos quedase otro remedio?

Dudas, quejas o sugerencias al buzón de la mazmorra. En el próximo artículo intentaré abordar las temáticas de robótica en ciencia ficción, así que no os vayáis muy lejos ~

«La humanidad es muy adaptable decía mi madre. Es sorprendente la cantidad de cosas a las que llega a acostumbrarse la gente si existe alguna clase de compensación.»
El cuento de la criada

PD: Existen las distopías de género, pero os podéis imaginar cómo son sin mi ayuda.
PD2: Sí, no he mencionado nada de Farenheit 451 en el apartado de sociopolítica, pero es que si no el artículo quedaba aún más largo XD

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