Recordatorio

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martes, 6 de septiembre de 2016

Los dobles estándares en HP: el acoso. Racismo


¿Otro artículo sobre el acoso en Harry Potter, Rika? Pues sí, otro que vamos a tener porque me parece muy interesante el tema del racismo mágico que tienen, ya no los antagonistas, sino los protagonistas criados entre muggles. Lo cierto es que al releer los libros me terminé por preguntar por qué doña Rowling no explotó esto un poco más, ya que habría sido muy interesante para definir la sociedad de los magos. Es evidente que un libro no da para todo, pero si lo hubiera hecho no habría sido tanto un doble estándar como un aspecto más a tener en cuenta en el adoctrinamiento de los jóvenes. 

En cualquier caso, vamos a ver un poquito más de cerca, aunque sin pasarnos, el tema del racismo mágico. No voy a incluir de forma extensa cómo se trata a los elfos domésticos, porque ya Hermione se ocupó de hacernos una defensa suya, o de los gigantes y otras criaturas mágicas ya que se quedaron como detalles que Rowling trató y nunca llegó a desarrollar de verdad. 

«—¡Dobby se llevó semejante disgusto cuando se enteró de que Harry Potter estaba en Hogwarts, que se le quemó la cena de su señor! Dobby nunca había recibido tales azotes, señor…» (La cámara secreta, p. 154)

Y lo dice Dobby, que siempre está lleno de heridas y al que en una de las escenas finales vemos cómo Lucius Malfoy lo maltrata:

«Tiró de la puerta, y cuando el elfo se acercó corriendo, le dio una patada que lo envió fuera. Oyeron a Dobby gritar de dolor por el pasillo.» (La cámara secreta p. 283)

Ron señala que nunca ha visto a un elfo doméstico, pero tras conocer a Winky, a pesar de que esta señala que tiene miedo a las alturas y claramente sufre durante los Mundiales, afirma:

«—Bueno, los elfos son felices así, ¿no? —observó Ron—. Ya oíste a Winky antes del partido: “La diversión no es para los elfos domésticos…” Eso es lo que le gusta, que la manden» (El cáliz de fuego, p. 117)


martes, 9 de agosto de 2016

Los dobles estándares en Harry Potter: el acoso. Heredero de los gemelos y los Merodeadores.


Los Merodeadores


«—Es igual que su padre…
—Físicamente quizá sí, pero de carácter se parece bastante más a su madre.» (Las reliquias de la muerte, p. 574)

Independientemente de las manipulaciones y la curiosa visión que tiene Dumbledore de la pureza de Harry, mientras releía la saga creo que he comprobado en las suficientes ocasiones que se parece a su padre por dos motivos muy claros:

Es la persona en quien quiere convertirse: jugador de quidditch, arrogante y capaz de romper las reglas, valiente y fiel a sus amigos. Es su modelo a seguir y, por eso, es normal que haga lo que imagina que haría su padre. Por eso su patronus es el de su padre y no el de su madre, porque es en él en quien piensa cuando busca protección o algo que le dé fuerzas. Casi nunca piensa en su madre. 
Porque no sabemos casi nada de Lily. Defendió a un amigo suyo en una ocasión frente a James Potter, que era buena bruja, que enseguida empezó a catalogar a su hermana como muggle —tampoco es de extrañar, se moriría por ser bruja de niña—, que empezó a sentir desdén por Severus por sus amistades, que no soporta insultos racistas —bien por ella— y que se casó con James Potter, tuvo a Harry y murió por él. 

Es decir, sólo sabemos cosas «buenas» de ella, idealizadas, y no su verdadera personalidad. Sería como aislar las partes buenas de Severus y defenderlo como un personaje sin tacha, para frustración de todos los que le odian o le ven como un personaje complicado y completo. Así que afirmar que Harry se parece a ella es absurdo ya que sólo la vemos a través de los ojos de hombres y en la única ocasión en la que ella habla —ella de verdad, no su Eco— es en una carta charlando sobre su hijo.

Aclarado esto, creo que es legítimo señalar que Harry es un evidente heredero físico y mental de los Merodeadores y los gemelos Weasley. Y eso es lo que vamos a tratar en el artículo de hoy. Cómo Harry y sus maestros son unos acosadores de cuidado:




«—¿Por qué pensó Snape que me lo habían dado los fabricantes?
—Porque… porque los fabricantes de estos mapas habrían querido sacarte del colegio. Habrían pensado que era muy divertido.» (El prisionero de Azkaban, p. 242)


martes, 2 de agosto de 2016

Los dobles estándares en Harry Potter: Hermione Granger


¡Bienvenidos a la mazmorra! Frederika a vuestro servicio una vez más.

Continuamos con los artículos dedicados a los dobles estándares en la saga del mago más famoso después de Gandalf y Merlín. En esta ocasión nos vamos a centrar en un personaje muy especial y, muy por encima, en cómo se trata a las mujeres en el universo mágico. 

A menudo pensamos en Hermione como el personaje más inteligente y legal de todos, básicamente porque está obsesionada con las normas. Se identifica con el ideal de estudiante, con una buena Gryffindor valerosa y digna. Sin embargo, a medida que releía los libros, me iban sorprendiendo más y más ciertas escenas que ella protagonizaba y que nunca (o casi nunca) he visto criticadas.

Por ejemplo, ¿si Hermione no fuera una de las protagonista y nos enterásemos de que ha capturado durante al menos una semana —posiblemente un mes— a una persona, manteniéndola contra su voluntad en un tarro de cristal y sometiéndola a chantaje… qué pensaríamos?

«—Cuando vimos a Malfoy debajo de aquel árbol…—dijo Ron, pensativo. 
—Estaba contándole cosas, la tenía en la mano —continuó Hermione—. Por supuesto, él lo sabía. Así es como ella ha obtenido esas entrevistas tan encantadoras con los Slytherin. A ellos les daba igual que ella estuviera haciendo algo ilegal mientras pudieran contarle cosas horribles sobre nosotros y Hagrid. 
Hermione cogió el tarro de cristal que le había pasado a Ron, y sonrió al escarabajo, que revoloteaba pegándose furiosos golpes contra el cristal. 
—Le he explicado que la dejaré salir cuando lleguemos a Londres. Al tarro le he echado un encantamiento irrompible, para que ella no pueda transformarse. Y ya sabe que tiene que estar calladita un año entero. Veremos si puede dejar el habito de escribir horribles mentiras sobre la gente.» (El cáliz de fuego, p. 630)